Días antes de que se cumpliera la fecha límite para llevar ayuda humanitaria (de Estados Unidos, Colombia y de venezolanos en el extranjero) a Venezuela, el presidente estadounidense, Donald Trump, dijo en un mitin en Miami: “El pueblo de Venezuela está a favor de la libertad y la democracia, y el pueblo de Estados Unidos está de su lado”.
Este respaldo estadounidense tan directo a la presidencia interina de Juan Guaidó, sin embargo, es un riesgo: Guaidó podría parecer un títere de Estados Unidos. Se trata de un argumento que le conviene a Nicolás Maduro: la retórica de izquierda contra derecha ha sido vital para el chavismo desde 1999. Y es así como razona una parte de la izquierda latinoamericana, europea (partidos como Francia Insumisa) y los gobiernos alineados con Nicolás Maduro: Bolivia, Cuba, Nicaragua, Rusia, entre otros.
Sin embargo, el argumento de que el respaldo estadounidense es razón suficiente para desacreditar el liderazgo de Guaidó parte de una premisa falsa: en Venezuela no hay una batalla por la ideología —por la izquierda o la derecha—, sino por la sobrevivencia.
El problema de Venezuela no es una hipotética intervención de Estados Unidos, es una dictadura que ha devastado al país. En solo dos décadas de chavismo, una de las economías más prósperas de la región sufre la crudeza de una hiperinflación, las instituciones democráticas fueron destruidas, se ha sofocado salvajemente la protesta ciudadana y se ha perseguido a la oposición. Este panorama ha llevado a tres millones de venezolanos a salir del país, lo que ha generado la mayor crisis migratoria y humanitaria en la historia reciente de América Latina.
Es razonable que los latinoamericanos seamos escépticos ante los espaldarazos de Estados Unidos a líderes regionales. En nombre de “combatir el comunismo”, distintos gobiernos estadounidenses respaldaron a dictadores feroces a lo largo del siglo pasado: en Guatemala interrumpieron un proceso democrático; en El Salvador y Chile intervinieron de manera trágica al apoyar el derrocamiento de gobernantes electos democráticamente. Pero este no es el caso de Venezuela.
Naciones tan diversas como Marruecos, Finlandia, Argentina, Dinamarca o Polonia (una lista que, en conjunto, es imposible de calificar de cómplices de Estados Unidos) reconocen a Guaidó como la autoridad legítima de Venezuela. Sí, el gobierno estadounidense fue de los primeros en reconocer la presidencia interina del líder de la oposición, pero no es el único. Japón es el país más reciente de las cincuenta naciones que hasta ahora reconocen a Guaidó.
La versión maniquea del rechazo al apoyo de Trump a la oposición ignora también la historia plural del movimiento democrático venezolano, en donde hay partidos políticos socialdemócratas, socialcristianos y liberales. E incluso predomina la visión de centro-izquierda, como la postura de Voluntad Popular, el partido del que proviene Guaidó y que es miembro de la Internacional Socialista desde 2014.
Ante el drama venezolano, no hay dilema posible: el apoyo a la salida de Maduro de buena parte de las naciones democráticas del mundo —entre ellos, el del Estados Unidos—, no se traduce en un riesgo inminente de invasión o de guerra civil.
El discurso “antiimperalista” y de defensa a la soberanía, que ha alentado Maduro, se agotó con la profundización de la tragedia humanitaria de Venezuela. La mala gestión y el autoritarismo de la Revolución bolivariana son las causas del estado actual del país. Ni Estados Unidos ni los gobiernos de derecha de la región son los culpables de la catástrofe que es hoy Venezuela.