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Humberto Montero
Columnista

Humberto Montero

Publicado el 10 de noviembre de 2022

Asalto a su casa

¿Qué haría usted si alguien pretende entrar a la fuerza en su vivienda? A buen seguro, no lo invitaría a entrar dándole un abrazo por muchas necesidades que tuviera el intruso, más que nada porque no hay tiempo de preguntar. Seguro que habita en el mundo algún socialdemócrata de café y habano que en su “buenista” fuero interno nos venda la película de que habría que ver qué actitud tiene el usurpador. No le crean ni un pelo. Si alguien tratara de entrar en mi hogar por la fuerza -obsérvese que insisto en el uso de la violencia, aunque de otra manera no existiría el asalto, sino una ocupación- utilizaría todos los medios al alcance para repeler la incursión en mi propiedad. Con medida y fuerza proporcionada para que surtiera efecto, hasta cerrarle las puertas en las narices. Luego ya habría tiempo para debatir las motivaciones de esa acción. En cualquier caso, tratar de entrar en una propiedad privada sin haber sido invitado es, para empezar, de muy mal gusto. Si encima se hace uso de la violencia, la víctima debería de estar en todo su derecho de utilizar la legítima defensa.

Pongámonos ahora ante el caso de los miles y miles de migrantes que tratan de entrar al asalto en muchos países del llamado primer mundo. ¿Se trata de desplazados de conflictos armados? En la mayor parte de los casos no es así. ¿Se trata de víctimas de persecución religiosa, sexual o política? Tampoco.

Acnur, la agencia de la Onu para los refugiados distingue claramente “refugiado” de “migrante”. Según la Onu, los refugiados son aquellas personas que no pueden regresar a sus países de origen por temor “fundado” a ser perseguidos y, por tanto, requieren protección internacional. De hecho, la agencia de la Onu llama la atención sobre la habitual tendencia a confundirlos con los migrantes, que tienen estrictamente motivaciones económicas. Para los primeros existe el asilo. Para los segundos, se ofrecen otras vías.

Sin embargo, habitualmente vemos cómo las fronteras con mayores diferencias de rentas que existen en el mundo - las que hay entre Marruecos y las ciudades españolas de Ceuta y Melilla, situadas en el norte de África y españolas desde el siglo XVI, la primera, y desde la Conquista de América, la segunda - son asaltadas por miles de subsaharianos y magrebíes que trepan las alambradas fronterizas lanzando piedras y botellas a los agentes, a los que escupen casi a diario. Repeler esas invasiones (como en la frontera de EE UU y México, o en la propia Colombia) no solo es legítimo sino una obligación. Porque entre los miles de asaltantes indocumentados hay de todo, desde delincuentes a violadores, y porque igual que a usted se le requiere el pasaporte en la frontera a esos migrantes se les debe otorgar el mismo tratamiento por mucho que provengan de países con menores rentas, que no recursos.

Si alguien quiere abrir las fronteras alegremente debería, primero, poner a disposición su casa para dar cobijo a alguna de todas esas personas en vez de rasgarse las vestiduras al ver la crudeza de las escaramuzas. Esto no implica que no debamos ofrecer nuestra ayuda y facilitar la entrada a todos aquellos que, de forma ordenada y legal, quieren venir a ganarse la vida honradamente a nuestros países. Faltaría más. Por humanidad y porque todos podemos llegar a ser migrantes e incluso refugiados, en el peor de los casos. Que se lo digan al pueblo ucraniano.

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