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Humberto Montero
Columnista

Humberto Montero

Publicado el 30 de julio de 2019

Bernal y mi bici
de plomo

Algunos de los momentos más felices de mi vida están unidos a las dos ruedas de una bicicleta. Si alguien pronuncia la palabra dicha, mi mente salta de un brinco a lomos de una bici verde heredada de mis hermanas, más pesada que una vaca encinta, con la que durante los veranos íbamos en pandilla a coger las moras que se desperdigaban por doquier en los zarzales santanderinos. Recuerdo el penetrante olor a manzanilla que exudaban las verdes praderas, cubiertas de flores silvestres, y el ácido sabor de las moras. También el sol curtiendo mi piel y la salada brisa lejana del mar. Una combinación lisérgica. Un momento fugaz que quisiera volver a vivir una y mil veces. En este recuerdo, esa pesada bicicleta hecha de plomo ocupa un lugar preeminente, pues sin ella la aventura en bici a los zarzales hubiera resultado un tedioso peregrinaje a pie. Porque en bicicleta, cada excursión veraniega con mis amigos era una epopeya digna de la Ilíada de Homero. Quizá por eso, trato hoy de montar casi a diario en mi querida Orbea, diez veces más ligera que aquella mula en brazos de mi infancia. Los sabores son distintos y los olores, pese a que tengo un inmenso parque silvestre a cinco minutos (en bici), tampoco alcanzan para rememorar aquella epifanía embriagadora de cuando éramos niños. Y, sin embargo, disfruto con cada pedalada de la brisa en mi cara, más si es cuesta abajo, y de cada rayo de sol sobre mi piel.

Cuando yo era crío, antes de salir a por moras, en esas tardes de verano nos echábamos unas siestas de vértigo delante del televisor, contemplando cómo Bernard Hinault ascendía el Alpe d’Huez, el Tourmalet o el Galivier, puertos emblemáticos del Tour de Francia que yo ni tan siquiera podía soñar con escalar por culpa de aquella bici mía. A aquel reinado, al que sólo le hacía sombra la coleta de Laurent Fignon, le sucedió el de Miguel Induráin y ya no pude volver a dormir una siesta en condiciones durante la ronda gala hasta que el tramposo de Armstrong me quitó las ganas de ver ciclismo. Por fin, tres lustros después, he vuelto a repanchingarme en el sofá disfrutando con los demarrajes, el valor y la perseverancia de un deportista de primera.

Egan Bernal está llamado a marcar una época, al convertirse en el ciclista más joven en enfundarse el maillot amarillo de la ronda francesa, sólo superado por Henri Cornet, que en 1904 se alzó con la victoria con 19 años, y a la par del luxemburgués François Faber, que era una semana mayor que Bernal cuando ganó en 1909, aunque en aquellos lejanos años no existía dicho maillot. En cualquier caso, a sus 22 años, Bernal puede depararnos muchas tardes de dicha (mañanas para ustedes) con su asombrosa facilidad para escalar cotas de más de 2.000 metros que para el resto del pelotón son auténticos via crucis. Escalador nato, pero con capacidad para rodar en llano y defenderse en las contrarrelojes, Bernal puede deparar muchos más éxitos para el ciclismo colombiano. Así lo indican los expertos y así lo cree un servidor, que era un mocoso cuando hace 45 años Martín Emilio Rodríguez se convertía en el primer ciclista colombiano en pedalear un Tour, pero ha crecido disfrutando de grandes escaladores y rodadores colombianos como Lucho Herrera, Santiago Botero, Fabio Parra (tercero en 1988) y más recientemente Nairo Quintana (segundo en 2013) y Rigoberto Urán (segundo en 2017). En uno de los países donde el ciclismo es casi religión, el triunfo de Bernal es un motivo de orgullo patrio. Sin embargo, para mi es aún más importante. Me ha devuelto la ilusión por disfrutar con un helado en la mano de las titánicas pedaladas de estos héroes. Y ya de paso, me ha llevado a rememorar aquellas tardes de moras y amigos. De campos de manzanilla con mi bicicleta verde.

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