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David Santos Gómez
Columnista

David Santos Gómez

Publicado el 27 de abril de 2021

Biden, el progresista

Los primeros 100 días de la presidencia de Joe Biden demostraron una tendencia progresista en sus políticas que ha sorprendido a su país y a su partido. Impulsado por la izquierda demócrata, consciente del desastre que dejó el cuatrienio de Donald Trump y frente a una pandemia que lo arrasa todo, el veterano de 78 años está decidido a hacer modificaciones de fondo en política económica, racial y social.

Como lo había advertido en campaña lo primero fue enfrentar el covid-19 con un proceso de vacunación acelerado. Ha cumplido. Ya se aplicaron más de 200 millones de dosis. Al mismo tiempo, insistió en un paquete de estímulo de dos billones de dólares que llevó a girar cientos de miles de cheques por 1.400 dólares para sopesar el desempleo. Luego se mostró a favor de un impuesto mínimo global para las multinacionales, una larga utopía del progresismo que parecía demasiado arriesgada incluso para hablar de ella.

Afortunadamente el momento turbulento le abona el camino al presidente estadounidense para hacer cambios. La crisis por el coronavirus es de tal envergadura que planes de estímulo y propuestas sociales que en una época normal parecerían descabelladas, hoy deben ser escuchadas. Realizar una transformación consistente y duradera del papel del Ejecutivo en una potencia como Estados Unidos requiere más que voluntad. Hace una década Barack Obama lo intentó, en pleno colapso económico, pero se quedó a medio camino frenado por el poderío de Wall Street y las disputas bipartidistas del Congreso.

Hoy su vicepresidente, más veterano y en apariencia más conservador, ha tenido una variación en su mentalidad, y parece convencido de que su legado debe ser una transformación profunda del Estado, ausente durante décadas en el bienestar básico de la población. Lo que empezó por el paquete de estímulos, seguirá con la salud y muy posiblemente entrará a la educación.

Que lo haga el faro del capitalismo mundial tendrá enormes repercusiones geopolíticas. Habrá que ver hasta dónde llega el impulso y qué tanto puede hacer un mandatario que cuenta con mayorías limitadas en el legislativo. Pero la máquina parece ir a toda marcha y la derecha no puede seguirle el ritmo. Hay cambios que son palpables y la modificación del tono en el discurso es, por sí sola, una revolución como no se había visto en décadas en la primera potencia mundial

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