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El País
Columnista

El País

Publicado el 04 de diciembre de 2021

Billie Holiday

pagó muy cara

la fruta extraña

Por RIcardo de Querol

“De los árboles del Sur cuelga una fruta extraña. / Sangre en las hojas, y sangre en la raíz. / Cuerpos negros balanceándose en la brisa sureña. / Una extraña fruta cuelga de los álamos”.

Una noche de 1939, Billie Holiday cantó por primera vez Strange Fruit en el Café Society del Greenwich Village neoyorquino, ante un público no segregado pero mayoritariamente blanco, que se quedó paralizado. No era nada común el activismo, mucho menos la canción protesta, en las grandes estrellas afroamericanas del jazz de la época. Pero Holiday cantó y cantó Strange Fruit —a partir de un texto de Abel Meeropol, un judío comunista, impactado por los linchamientos de negros— aunque lo pagara caro.

Dos producciones revisan la trágica historia de una de las mejores voces del siglo XX. En Los Estados Unidos contra Billie Holiday, película de Lee Daniels, la cantante es encarnada por Andra Day, que cumple en un papel difícil, aunque su buena voz no llega a esa altura sideral. No es una obra maestra, y el guion pudo trabajarse mejor, aunque se entiende bien el mensaje. Y el documental Billie, del británico James Erskine, repasa cientos de entrevistas a personas del entorno de la artista que hizo la periodista Linda Lipnack Kuehl en los años setenta. Su objetivo era documentar una biografía que no llegó a terminar porque murió a los 38 años, en un confuso episodio que se calificó de suicidio. Dos formas, una de ficción nada edulcorada y otra de cruda realidad, de contar la misma historia.

En sus 44 años de vida, que inicia en la pobreza y el abandono, Holiday sufrió todas las violencias posibles. La machista: fue violada en la niñez, prostituida y maltratada por sus parejas, que además la desplumaron. La de las adicciones, al alcohol y a la heroína (“Era capaz de meterse lo que 10 hombres y salir a cantar”, se cuenta en Billie). Y la del racismo: siendo ya una figura, le impedían el acceso al ascensor, y la enviaban al montacargas, o le negaban alojarse en hoteles de blancos (por estas cosas, aquella brillante generación de músicos negros encontró una meca del jazz en París). Pasó por la cárcel por posesión de narcóticos, y la policía la persiguió hasta el mismísimo lecho de muerte, en el que agonizaba con el hígado destrozado, en 1959. No era por la droga, claro que no: la machacaron porque era mujer, negra y rebelde. Porque viniendo de lo más bajo llegó a lo más alto. Y porque no aceptó que nadie le dijera que no podía cantar Strange Fruit.

Si lo pensamos bien, esa brutalidad que se nos cuenta ocurrió anteayer. Las heridas del racismo institucionalizado en EE UU están demasiado recientes, nunca curadas del todo. Todavía ocurre algún linchamiento, ya no con la horca sino con armas de fuego, que, es el colmo, acaba en absolución.

“Escena pastoral del valiente sur. / Los ojos saltones y la boca retorcida. / Aroma de las magnolias, dulce y fresco. / Y el repentino olor a carne quemada. Aquí está la fruta para que la arranquen los cuervos. / Para que la lluvia la tome, para que el viento la aspire, para que el sol la pudra, para que los árboles la dejen caer. / Esta es una extraña y amarga cosecha”.

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