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Publicado el 25 de noviembre de 2019

Bolivia, en su laberinto

Por José Andrés Rojo

redaccion@elcolombiano.com.co

La situación en Bolivia es inestable, la violencia estalla con mucha facilidad, empieza a haber problemas de abastecimiento. El país entró en un oscuro laberinto poco después de que se produjera un descarado, chapucero y escandaloso fraude electoral. Es ahí donde empieza el lío, y es a partir de ese momento cuando las movilizaciones se suceden y se producen enfrentamientos y llegan los primeros muertos (ya son unos 30). Dentro del laberinto, el ruido lo confunde todo. Por eso no hay que olvidar que en el principio estuvo el fraude y que la única solución, cuando se produce un recuento irregular, es convocar nuevas elecciones.

En la vorágine del laberinto, como dentro de una pesadilla circular y obsesiva, regresan los viejos fantasmas del país andino, que arrastra una historia terrible de enfrentamientos civiles y golpes militares y turbas fanáticas y guerrillas fracasadas y tiranos delirantes y un repugnante racismo, que se tradujo en siglos de marginación de la mayor parte de su población, la de piel más oscura. Cuando existe un pasado cargado de esa abismal polarización y de toneladas de sangre, y cuando el simple gesto de encender una cerilla puede despertar a la furia dormida de la venganza y el resentimiento, nada hay más peligroso que alentar el conflicto. Porque son muchos más, siempre muchos más, los que quieren la paz, y que asisten alarmados a esta endemoniada quiebra de la convivencia.

Bolivia, como otros países de la región, encontró que el único camino para canalizar posiciones tan antagónicas era la democracia. Ahora se ve lo fácil que resulta que regrese lo peor cuando se retuerce la legalidad para forzar, tras unas elecciones, unos resultados que las urnas no recogían.

Lo que ocurre en Bolivia da vuelos a la épica. Un expresidente que se proclama defensor de unos indígenas postergados desde siempre –aun cuando sean muchos los indígenas que lo rechazan, y la organización obrera histórica y las zonas mineras más importantes le hayan dado la espalda– y, al otro lado, unos supremacistas que agitan la Biblia y alientan una cacería contra sus enemigos (de piel más oscura). Las calles se llenan de banderas: mal asunto. Es cierto que da más juego una batalla entre buenos y malos que las torpezas de una joven democracia. En el primer caso crecen los muertos día tras día. En el otro, en el Senado, se habla ya de la convocatoria de unas nuevas elecciones.

“Un partido político, que merezca ese nombre y no sea una horda de aventureros ni una clientela de parásitos adheridos a un personaje de figurón”, explicó Manuel Azaña en una conferencia de 1917, ha de tener “un contenido de ideas, un caudal de aspiraciones, por las que penetre en el alma popular más profundamente y con mayor eficacia que pueden hacerlo los hilos de una organización”.

El Movimiento al Socialismo (MAS), el partido de Morales, tiene ahora un papel decisivo. Ha sido la formación más afectada por el fraude, iba ganando las elecciones. Su lugar no está en las calles, defendiendo una victoria tramposa, sino en las instituciones. El MAS no puede renunciar a su “caudal de aspiraciones” y a sus logros: haber incorporado a la vida social y política a una inmensa población marginada, repartido mejor la riqueza, combatido la pobreza. Le toca colaborar para cuanto antes garantizar unas elecciones limpias. Y salir, como los otros, a ganarlas. De eso va la democracia.

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