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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 21 de julio de 2021

¿Cambiará el mundo después del virus?

Muchos esperaban que el mundo floreciera después de la pandemia. Transcurrido año y medio, los sobrevivientes se miran a lo que queda de las caras y no ven la mejoría. Es como si el coronavirus se hubiera asumido como una purificación impuesta por los dioses. Y como si al final el milagro no hubiera ocurrido.

¿No se sospechaba que la peste fuera una expiación por lo mal que la humanidad trata al planeta? ¿Y que luego de infectarse, asfixiarse en una Uci o en el mejor de los casos vacunarse, la gente aprendiera alguna lección y reaccionara arrepentida?

Detrás de esta expectativa cabalística, en realidad hay una visión errada sobre los trancos de la vida. Una concepción a la vez mágica y sacrificial de la historia. En tanto mágica, es opuesta a la ciencia. En tanto sacrificial, arranca de la idea del valle de lágrimas en que supuestamente fuimos echados sobre el planeta.

La pandemia no es ningún castigo. La biología y la evolución de las especies no suceden bajo la amenaza de algún ser iracundo. Son procesos con causas que se pueden identificar. O con saltos que a veces no se explican, sencillamente porque el desarrollo mental y tecnológico todavía no da para tanto.

Cuando estos fenómenos resultan peligrosos e incluso mortales para los hombres, tendemos a aplicar sobre ellos una cartilla de crimen y castigo. Nos azotamos bajo los rayos de seres ilusorios que condenarían las conductas ruines de los míseros mortales. Y desde el inconsciente nos disponemos a la fatalidad del sacrificio.

Pues bien, el virus no ha sido ni efecto de exclusivo origen antrópico, ni martirio decretado para expiar y redimir a la especie inteligente. Por eso, después de tanto confinamiento y restricciones, tampoco llueven sobre los cerebros soluciones milagrosas a las lacras sociales ni individuales.

En el lugar de estas apariciones volubles, conviene entronizar la palabra “construcción”. Ciudadanos y sociedades son los verdaderos responsables de su destino. Unos y otras han de romper moldes inservibles, para entonces construir sobre lo construido por los gigantes antepasados.

De esta manera pierden validez las esperanzas de que, al día siguiente de las catástrofes, los humanos amanezcan en un paraíso regalado por los hados. “Con el mazo dando” decían los antiguos, dando a entender el valor de la construcción

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