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Ana Cristina Restrepo Jiménez
Columnista

Ana Cristina Restrepo Jiménez

Publicado el 03 de julio de 2019

Caricatura

Mientras la sátira política sufre con las decisiones de The New York Times y un caricaturista canadiense es despedido por burlarse de Trump, en el cerro Nutibara una caricatura alcanzó su cumbre.

El Energúmeno que cortó la bandera del arcoíris es la encarnación de la caricatura repetida y fácil que reposa en el imaginario de muchos: el paisa machista, mandón y estridente, anclado en la premodernidad. Dogmatismo, elitismo y superstición en un mismo paquete.

Analizar la vigencia y porvenir de esa caricatura, implica entender el ciclo de reproducción y expansión de su discurso en la actualidad.

¿Qué nos dice la ceremonia de la destrucción del símbolo de la comunidad LGTBIQ? El registro audiovisual es la reiteración de un poder (lo hago porque puedo, porque no estoy solo en mi cruzada, porque nadie me impide hacerlo); acto seguido, su publicación en redes sociales es un reto a las instituciones frente a la mirada pública (a pesar de que infrinjo la ley, represento una serie de “valores tradicionales” aprobados por ciertas élites: soy intocable).

Grabación y difusión ratifican que en nuestro entorno ese tipo de demostraciones públicas de discriminación no tienen mayores repercusiones ante las instituciones del Estado. Hasta ahora, la verdadera sanción del Energúmeno ha sido social: sus actos multiplicaron la solidaridad en la Marcha del Orgullo LGTBIQ en Medellín. “Paró de la cama” a quienes estaban indecisos sobre si salir o no a marchar.

Pero ¿exigir un “castigo ejemplar” para quienes, como el Energúmeno, nutren su discurso con el miedo a las leyes y no con el respeto de las mismas? ¿“Darles de su misma medicina” a los fanáticos del populismo punitivo? (Una abogada penalista me dice que el Energúmeno debería ser condenado a la pena más alta definida por su propia escala de valores: “Que lo graben izando la bandera del arcoíris”).

En la pasada Fiesta del libro, el escritor español Javier Moro me preguntó: “¿Por qué la palabra “paisa” es una ofensa?”. Le respondí que yo no lo siento así, que la connotación negativa la da el contexto del uso del adjetivo: me siento orgullosa de mi acento, de que me llamen “paisa”, porque me ubica en las montañas de mis ancestros, pero no porque considere que el hecho fortuito y aleatorio de nacer en un lugar otorgue atributos especiales o algún tipo de superioridad. (Por respeto a la inteligencia de los lectores, no me extenderé en el embeleco de la tal “raza paisa”).

“El sicario con acento paisa” de los noticieros o el “paisa regateador” de la plaza de mercado son lugares comunes que, aunque provienen de la realidad, no dejan de ser caricaturas. Como el Energúmeno, no representan un “nosotros” único. ¿Qué tan difícil es arrancar del inconsciente colectivo al collar de arepas y al culebrero, las retahílas de Miguel Ángel Builes, Montecristo o Álvaro Uribe Vélez?

Es una tarea urgente de la escuela y las familias (sí, en plural, porque son diversas) resignificar los símbolos que se han convertido en caricaturas. Rescatar el patriotismo como ejercicio de ciudadanía horizontal y no de heroísmo avasallador y excluyente.

Que cada grito de “¡Oh, libertad! ¡Oh, libertad!” al final del himno antioqueño emancipe a los esclavos del vicio cultural. Y esfume las caricaturas que insistimos en trazar.

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