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Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 22 de abril de 2022

Cartas abiertas

Tengo en mis manos un libro que no quiero soltar, así lo haya terminado, me niego a guardarlo al lado de los otros libros que tengo del mismo autor. Sé que suena exagerado y hasta un poco patético, porque en estos tiempos tan convulsionados, donde abundan los temas complejos y delicados, ¿quién se encariña con un libro?, ¿quién puede llegar a creer que la historia que se está leyendo, fácilmente, puede ser más importante que la supuesta realidad?

En parte, este libro que leí, y que he vuelto a picotear aquí y allá, también tiene que ver con ese asunto de qué tan importantes son los acontecimientos que vivimos a diario o qué tan creíble es la Historia. Y nombrémosla así, con H mayúscula, para que no haya duda de lo que se habla, o se supone; uno ya ni sabe después de leer la novela más reciente de Juan Esteban Constaín, Cartas abiertas. ¡Qué novela!, qué aventura más bien armada, qué divertimento.

No me detendré en el pretexto general del libro, la supuesta guerra que le declaró en 1867 el estado soberano de Boyacá al reino de Bélgica y que apenas pudo zanjarse en 1988, una guerra que duró en silencio más de 120 años, una guerra sin muertos (eso sí que hay que agradecerlo), una guerra que, en buena hora, nos concedió la dicha de la paz.

¿Qué es la verdad? ¿Lo que está escrito en los libros de Historia fue lo que ocurrió o lo que no pasó?, son algunas preguntas que rondan por ahí de una manera fascinante mientras se lee Cartas abiertas; después de todo, eso que va quedando en los periódicos, en las cartas que se han escrito, y que no siempre llegan a su destino, pero sí son leídas, son fragmentos de una vida, y con el pasar del tiempo son materia de ficción. “Por eso la literatura suele ser mejor que la historia, porque en ella todo es verdad, basta contarlo”, leo en el libro.

¿Y quién se encarga de crear el tiempo pasado?, ¿o acaso ningún tiempo es pasado? Digamos que en esta novela hay muchos personajes, cada uno más maravilloso que el otro, así su paso por la historia sea efímero, nunca diminuto, porque todo va sumando para asumir, definitivamente, que “la historia en general es un acto de fe”. Sin embargo, dejemos por aquí un nombre para que los lectores curiosos le sigan el rastro en esta novela encantadora: Marcelino Quijada y Quadra, cuyo oficio es poner la ficción al servicio de la historia, si toca, claro está.

En Cartas abiertas me divertí con muchos de los asuntos narrados; por eso, antes de que se vayan a buscar su propio ejemplar, parafraseo un fragmento: si todo ocurre para acabar en una novela es porque valió la pena que ocurriera, en buena hora Juan Esteban Constaín no se quedó con esta historia solo en su cabeza  .

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