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Francisco Cortés Rodas
Columnista

Francisco Cortés Rodas

Publicado el 29 de octubre de 2019

Chile: ¿guerra o revolución?

Cuando el pueblo parisino tomó la Bastilla -símbolo del despotismo real- el 14 de julio de 1789, comenzó la revolución francesa. En la noche, el duque De La Rochefoucauld despertó al rey Luis XVI para comunicarle que la capital había caído en manos de los rebeldes. Así fue el famoso diálogo: «¡Pero es un motín!», dijo el rey adormilado; y el duque le contestó: «No, majestad, es una revolución».

¡Es una revolución! tuvieron que decirle probablemente sus ministros al presidente Sebastián Piñera de Chile para que reversara su primera reacción que fue decir “estamos en guerra”, y para que, reconociendo sus errores y los de la élite dirigente, propusiera un paquete de amplias medidas, que sin embargo, no ha servido para calmar la fuerza de la lucha social. Parecida es la situación del presidente Lenín Moreno del Ecuador. Cuando le dijeron: ¡cuidado! esto no es un simple tumulto, regresó a Quito a negociar sobre las justas demandas de las mayorías indígenas y de las empobrecidas clases baja y media.

La revolución que condujo de las sociedades aristocráticas a las democráticas tiene sus raíces en la igualdad, escribió Tocqueville. Poder alcanzar la “igualdad de condiciones” o “revolución democrática” implicó echar abajo el viejo orden aristocrático, lo cual se simbolizó en la condena a muerte en la guillotina del rey Luis XVI. Lo que siguió en el siglo XIX fue la revolución política de la democracia liberal que, aunque trató a todos los ciudadanos por igual, no hizo ninguna consideración frente a la desigualdad socioeconómica en la que estaba el populacho.

La revolución que se está dando en América Latina y en muchos otros lugares del mundo, como Hong Kong y Líbano, es de otro tipo; de nuevo, tampoco se trata de simples motines, ni de castrochavismo, es una revolución social, que pretende enfrentar los efectos negativos que ha producido la globalización neoliberal.

El problema: los beneficios de la globalización no se han distribuido equitativamente. Los ganadores han sido los ciudadanos de los viejos países ricos de Europa occidental, América del Norte y Japón, la clase media de las economías asiáticas emergentes, principalmente de China, así como de India, Tailandia, Vietnam e Indonesia.

La gran paradoja que ha producido la globalización es que, aunque se ha disminuido la pobreza en el mundo, ha aumentado la desigualdad, pues el capitalismo está destruyendo el trabajo mediante el desplazamiento tecnológico de los asalariados, además de generar una inequidad extrema y una catástrofe ambiental.

Aunque en los países asiáticos se frenó la desigualdad al disminuir la pobreza, en muchos lugares de África y América Latina no se consiguió que las economías crecieran lo suficiente ni se pudieron nivelar sus ingresos con los de los países ricos (Milanovic, 2016). En 2018 Chile tenía, según datos del Banco Mundial, un índice de Gini de 0.47. Esto simplemente refleja que hay una profunda inequidad, la cual está en el trasfondo de la crisis actual. No es, como dijo la señora de Piñera, “una invasión extranjera, alienígena”, es la injusticia.

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