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Aldo Civico
Columnista

Aldo Civico

Publicado el 10 de julio de 2021

¡Ciao Raffaella!

Como a millones de personas en Italia, y en el exterior, me sorprendió la muerte de Raffaella Carrà. También me dolió porque me trajo recuerdos de mi adolescencia, cuando miraba el programa de la Carrà, “¿Pronto, Raffaella?”, a escondida de mis papás, porque en mi familia la única cultura admitida era la clásica. Dentro de las paredes de mi casa solo era permitido escuchar a Bach o Mozart. En la televisión veíamos el concierto de año nuevo de la filarmónica de Viena, pero el Festival de San Remo era prohibido, así como todo lo que era pop. La Carrà me gustaba porque para mí era transgresión.

Inconscientemente, quizás, Raffaella Carrà me gustaba porque además de ser un ícono de la televisión italiana, era también el ejemplo de una mujer que siempre vivió la vida en sus términos. Con su energía y alegría, fue, quizás sin quererlo, una revolucionaria. De hecho, se maravillaba cuando su estilo de baile en los años setenta, en un país godo dominado por el Vaticano y la Democracia Cristiana, provocaba escándalo. Lo que ella consideraba inocente e irónico, los guardianes de lo respetable lo consideraban diabólico. El diario L’Osservatore Romano le dedicó un editorial pidiendo a la televisión italiana censurarla. En años cuando la libertad sexual era todavía un tabú, la Carrà invitaba a las mujeres a tomar responsabilidad sobre su vida íntima. “En el amor todo es empezar (A far l’amore comincia tu)” dice la letra de una de sus canciones, “Si él te lleva directamente a la cama/Dale la espalda a su cama/Hazle ver que no es un juego/Hazle entender lo que quieres”.

A comienzo de los años ochenta, la Carrà (cuyos programas lograban una audiencia de hasta 25 millones de espectadores) hizo observar a los dirigentes de la televisión italiana que las mujeres no ganaban lo mismo que sus colegas masculinos y así terminó siendo la primera mujer de la televisión en ser pagada igual que los hombres. Cuando, en 1975, llegó por primera vez a España con sus colores y bailes, después de la dictadura de Franco, Lucia Bosé dijo, “la Carrà despertó a las mujeres españolas”. También fue la primera artista italiana en celebrar el amor homosexual en una canción, hablando de Lucas, un chico de cabellos de oro, Raffaella Carrà cantaba, “Porque una tarde, desde mi ventana/Le vi abrazado a un desconocido/No sé quién era, tal vez un viejo amigo/Desde ese día, nunca más le he vuelto a ver”.

Más que posiciones ideológicas, la Carrà reflejó en sus canciones, y en toda su carrera, lo que ella creía y vivía. Hija de una mujer cabeza de hogar, siempre tuvo un profundo apego por la libertad e independencia, y la creencia de que cada uno tiene el derecho de elegir los criterios con los cuales crea su vida. También por eso, en los años sesenta, cuando tenía poco más de veinte años, le dijo no a Frank Sinatra, quien quería un noviazgo con ella. Hoy quienes la admiraron celebran no solamente su carrera, sino también esta capacidad inspiradora de crear una vida en sus términos

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