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Manuela Zárate
Columnista

Manuela Zárate

Publicado el 02 de diciembre de 2019

Conócete a ti mismo

El ejercicio más complejo, más profundo, más arduo que hacemos como seres humanos es conocernos a nosotros mismos. No sólo como individuos sino como pueblos y civilizaciones. El arte ha sido el vehículo para lograrlo durante miles de años. Y si algo ya deberíamos haber aprendido es que quien evade el ejercicio del autoconocimiento es alguien que termina perdido, errabundo por la vida y lleno de arrepentimiento.

Cuando miramos la historia de los pueblos que no han desarrollado un sentido de la identidad generalmente encontramos violencia, estancamiento y confusión. Los grandes errores de la historia casi siempre han estado enmarcados en el liderazgo asumido por aquellos que se aprovecharon de las indefiniciones de su gente, de su desconexión con la memoria, con la imaginación, con la ausencia de un proyecto común, de una narrativa poderosa que los plantase firmemente sobre el suelo de su tierra.

Las herramientas de desarrollo de narrativa son la literatura y las expresiones de arte que se desdoblan de ella. La literatura es tan poderosa que las principales religiones primero crearon un mito literario, así crearon a sus dioses y luego los hicieron sagrados. Eso es arte. Arte en su estado más puro. Arte en todo el esplendor de su poder.

El arte es un mecanismo para mirar al otro y en torno a eso mirarse a uno mismo, buscando reconocerse por imitación u oposición en el mundo que nos rodea. Así lo hicieron en el Imperio persa o en las culturas del norte de Europa. Un ejemplo es el Relieve de Laquis, encontrado en lo que hoy es el norte de Irak, data del año 700 y 692 a.C. Es el recuento de una guerra, de una deportación, de la brutalidad y las consecuencias que pagan los civiles cuando su gobernante se rebela contra el poder. Imágenes que se conectaran con el mundo de entonces y que encuentran resonancia en el de hoy, entre las purgas de Stalin y las deportaciones de judíos en el siglo XX y las oleadas de refugiados de Siria. En el arte que ellos, los asirios, hicieron para mirarse también nos podemos mirar nosotros.

Otras culturas, en cambio, no miraron hacia afuera para reconocerse, sino que se miraron a sí mismas. Una en particular es la cultura Olmeca, que hoy se conoce como la cultura madre de Centroamérica y dominó el territorio que conocemos como México entre los años 1400 y 400 a. C. La Olmeca fue parte de una civilización sofisticada que construyó grandes ciudades, hizo mapas del cielo, desarrolló una escritura, un calendario y el juego de pelota. Entre su arte nos dejó las enormes cabezas colosales y espléndidas máscaras. Todo su arte se centraba en honrar a sus dioses y su pasado.

En el templo de Apolo en Delfos estaba inscrita la frase “conócete a ti mismo”. Sin duda el viaje más importante que hacemos en la vida es al interior de nosotros mismos. La nave es el arte. Por eso ningún pueblo prospera sin desarrollarla y alimentarla. Ningún hombre vive realmente si no la explora.

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