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Gabriel Jaime Pérez, S.J.
Columnista

Gabriel Jaime Pérez, S.J.

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“CONVIÉRTETE Y CREE EN EL EVANGELIO”

Por

GABRIEL JAIME PÉREZ S.J.

gperezsj@gmail.com

Con esta frase al recibir la señal de la cruz marcada sobre nuestra frente, quienes participamos en este rito el pasado miércoles de ceniza hemos sido invitados a reorientarnos hacia Dios y renovar nuestra fe en su buena noticia de salvación.

El Evangelio de hoy (Marcos 1, 12-13) termina con la misma invitación, expresada por Jesús al regresar de un retiro espiritual de cuarenta días en el desierto. Este número, del que se deriva el nombre de la “cuaresma”, evoca los cuarenta años del diluvio según el libro del Génesis (7, 17), los cuarenta días que estuvo Moisés en el monte Sinaí comunicándose con Dios (Éxodo 24, 18), los cuarenta años de la peregrinación del pueblo hebreo por el desierto hacia la tierra prometida (Éxodo y Deuteronomio), y los cuarenta días de camino del profeta Elías por el mismo desierto hacia el monte Horeb -el mismo Sinaí- para encontrarse con Dios (1 Reyes 19, 8-14).

Tres de los cuatro evangelistas narran el retiro de Jesús al desierto impulsado por el aliento vital de Dios, llamado el Espíritu Santo y que es el poder del bien. Y es precisamente con este poder como Jesús vence la tentación proveniente de “Satanás”, término que significa “el adversario” y con el cual es denominado el poder del mal.

El relato del Evangelio según san Marcos es el más breve. No precisa cómo fue tentado Jesús, pero incluye un detalle significativo: estuvo “viviendo entre las fieras”. De esta forma lo presenta como un nuevo Adán que triunfa sobre la tentación original: la del egoísmo que lleva al ser humano a no reconocerse como criatura para pretender “ser como Dios”.

Dispongámonos, pues, a la conversión en este tiempo de la Cuaresma, revisando en qué tenemos que cambiar para reorientar nuestra existencia al cumplimiento de la voluntad de Dios (hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo), implorando su misericordia con la intención de ser también nosotros compasivos con los demás (perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos...) y pidiendo la fuerza de su Espíritu para vencer todo cuanto se oponga al plan de Dios en nuestra vida (no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal).

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