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Luis Fernando Álvarez
Columnista

Luis Fernando Álvarez

Publicado el 05 de agosto de 2022

Crisis del gobierno presidencialista

A propósito de la posesión del nuevo presidente.

Es necesario tener absoluta claridad sobre el tema que se pretende trabajar. No se busca analizar la supuesta o real crisis de la democracia moderna. Este es un tema que puede ser objeto de otro estudio. Se trata de compartir con el lector algunas ideas sobre las causas de la crisis, que, dentro del esquema de la democracia occidental, viene experimentando el modelo de gobierno presidencialista y, con más veras, el presidencialismo, que es una degradación de aquel.

El sistema presidencialista tiene su más refinada expresión en el gobierno de los Estados Unidos. Se caracteriza porque la jefatura del Estado, del gobierno y de la administración corresponde al presidente de la República, en quien recae, como es apenas lógico, el centro del poder político, la representación del Estado y la dirección de todas las relaciones de poder.

La exagerada concentración del poder en un único funcionario exige un esquema de pesos y contrapesos, que permita que otros órganos y estructuras del poder en el interior del Estado actúen como una especie de balanza constitucional, necesaria para evitar los abusos de poder por parte del titular de la presidencia de la República. La rectitud y equilibrio del sistema constituye garantía para los ciudadanos y defensa del Estado social de derecho.

En general, los estados latinoamericanos copiaron en sus constituciones el esquema de los Estados Unidos; sin embargo, circunstancias históricas, como la heterogeneidad y desarticulación social, la falta de una clase dirigente con vocación de representación nacional y el desbordado respeto y sometimiento hacia expresiones de caciquismo y autoritarismo, llevaron a la degeneración del sistema presidencialista, convertido, por disposiciones constitucionales o por situaciones de hecho, en un odioso presidencialismo, caracterizado porque, en mayor o menor grado, el presidente, cualquiera sea su denominación e ideología política, experimenta un profundo sentimiento y absurda tendencia a practicar una especie de metodología mesiánica, adquiriendo un extraño, reconocido, aceptado y hasta apetecido poder sobre las personas y bienes de los súbditos. Un comportamiento que incluso recuerda las profundas prácticas del absolutismo monárquico de siglos históricos, cuando se predicaba que el monarca era el dueño de las personas y las cosas: “L’etat cést moi”, afirmaba el rey Luis XIV en el siglo XVII.

Este sentimiento autoritario de dependencia hace que todas las actividades y aspiraciones de un país entero dependan en gran parte de la voluntad de quien llega como el nuevo “mesías”, es decir, el nuevo presidente de la República.

Las olas de violencia que actualmente viven muchas sociedades en América Latina y otros lugares del mundo que se encuentran enmarcados en el modelo presidencialista no se debe a una crisis de la democracia representativa, ni siquiera de las expresiones de la democracia participativa. Contrario a lo que comúnmente se piensa, la causa de los desórdenes institucionales se encuentra en un sistema presidencialista que ha degenerado en un odioso presidencialismo. Es el momento oportuno para reflexionar sobre esta forma de ejercicio de poder 

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