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David E. Santos Gómez
Columnista

David E. Santos Gómez

Publicado el 09 de marzo de 2022

Cuando caen las bombas, no todos somos iguales

La catástrofe humanitaria que se vive en Ucrania ha originado en tan solo quince días el desplazamiento de casi dos millones de personas hacia las naciones vecinas, en uno de los procesos de éxodo más acelerados y brutales del siglo XXI. Y hay que reconocer que, ante el infierno, la reacción de la comunidad internacional ha sido generosa. Se actúa de forma expedita para dar una mano a los afectados y, en lo inmediato, países como Polonia, Eslovaquia o Rumania reciben el enorme flujo migratorio. Al mismo tiempo, la Unión Europea ajusta sus normas y flexibiliza sus requerimientos para dar protección a la desbandada ucraniana. Incluso Estados Unidos brinda salvoconductos a los ucranianos que están en su territorio. Todos los focos y esfuerzos tienen un mismo propósito: solventar las necesidades de los afectados en la guerra desatada por Vladímir Putin.

Sí se puede, piensa uno ante tamaña movilización. ¿Por qué, entonces, no se actúa de la misma manera con otros desplazados y frente al sufrimiento de iraquíes y afganos y sirios y palestinos? ¿Cómo es posible que la humanidad de los gobiernos reflote en unos casos de forma expedita y en otros, por el contrario, solo se vean espaldas y trabas y racismo?

Un enorme porcentaje de los desplazados en el mundo se origina en conflictos impulsados y sostenidos por Estados Unidos y Europa y acá, en la espantosa guerra ruso-ucraniana, algo se mira con otra óptica. Y entre las muchas respuestas posibles para explicar esta desigualdad hay dos que son evidentes. La primera es el interés geopolítico de las potencias en el conflicto de Moscú contra Kiev. Lo que significa el resurgir de Rusia como una potencia bélica de esta envergadura y las enormes consecuencias económicas y sociales para Europa de los bombardeos en el interior de sus fronteras. La segunda razón es la llana y repugnante xenofobia. “Esta gente se parece a nosotros y tiene cuentas de Instagram y de Netflix. No estamos en un país pobre y lejano”, dijo un analista europeo. “No son refugiados sirios, son refugiados ucranianos. Son cristianos, son blancos, son muy iguales a gente que vemos en Polonia”, comentaron en un noticiero estadounidense.

Las ayudas brindadas a los ucranianos no pueden traer más que alivio y aplausos. Dan esperanza en medio de tanta muerte y sangre. Que otros refugiados no sean ayudados de la misma forma no nos debe llevar a la falsa dicotomía de quiénes deben obtener una mano solidaria y quienes no. Se trata de que todos la reciban por igual.

Pero hay que ser realistas. Confiar en que los poderosos se humanicen es inocente. Lo posible es que quizá la radiografía que nos está dejando esta guerra y la forma en la cual están actuando los gobiernos —expedita y generosa— los obligue por la fuerza de la evidencia a revisar sus posturas respecto a millones que están huyendo de otras bombas 

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