Convertir un caso clínico en un relato apasionante ha sido una de las grandes virtudes del neurólogo Oliver Sacks. Ahora, el autor de “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero” ha escrito un último relato, tal vez el más conmovedor de todos, sobre su propia historia clínica, y fue publicado esta semana por The New York Times. Es el adiós de Oliver Sacks, una de las mentes más brillantes de nuestro tiempo.
“Hace un mes pensaba que estaba bien de salud, incluso muy bien. Pero se me acabó la suerte” dice el médico de 81 años en una carta en la que cuenta a sus lectores que hace unas semanas recibió la noticia de que padece un cáncer terminal en el hígado. Hace nueve años, Sacks fue tratado por un tumor poco frecuente en un ojo. Con la radiación y el láser, los médicos lograron extirparlo, pero él quedó ciego de ese ojo. “Sólo en casos muy raros tales tumores hacen metástasis. Yo estoy entre el 2 % de desafortunados. Se puede ralentizar el crecimiento del tumor, pero no detenerlo. Me siento agradecido de haber tenido nueve años de buena salud y productividad, pero ahora estoy cara a cara con la muerte”.
Me conmovió la tranquila lucidez de esta despedida de un hombre que dedicó su vida a estudiar las alucinaciones. Un médico que entendió su oficio como una combinación de arte y ciencia y que enfrentó la enfermedad con la sensibilidad de un novelista. Fruto de esas convicciones son sus libros “Despertares”, “Los ojos de la mente”, “Alucinaciones”, “Veo una voz: viaje al mundo de los sordos” y “La isla de los ciegos”.
Oliver Sacks nació en Londres en 1933, pero vive en Nueva York desde 1965. Allí es profesor emérito de neurología en la Escuela de Medicina Albert Einstein, donde se dedicó a estudiar los complejos mecanismos de la memoria. Algunos de los casos clínicos que trató han inspirado películas y óperas. Sacks se interesó por los problemas del recuerdo y la memoria después de leer el “Pequeño libro de una gran memoria: La mente de un mnemonista”, escrito por su maestro Aleksandr Luria. La obra cuenta la historia de un hombre que, debido a un trastorno neurológico, estaba condenado a recordarlo todo y era capaz de recitar de memoria un libro después de leerlo.
Hablando de la relación que se establece entre enfermedad e identidad y la forma en que la gente reconstruye su mundo y su vida a partir de la enfermedad, Sacks cuenta muchas historias: El pintor que tras perder la visión del color no desea recuperarla. El ciego de nacimiento que recobra la vista hacia la mitad de su vida y no puede soportarlo. La mujer autista que encuentra en el autismo una parte de su identidad. “A veces, la enfermedad nos puede enseñar lo que tiene la vida de valioso y nos permite vivirla más intensamente” dice.
Eso es lo que ha ocurrido con su propia enfermedad. “Ahora depende de mí elegir cómo quiero vivir los meses que me quedan. Tengo que vivir de la manera más rica, profunda y productiva que pueda” dice en su carta. “No puedo pretender que no tengo miedo. Pero mi sensación predominante es de gratitud. He amado y he sido amado; se me ha dado mucho y me he dado algo a cambio; he leído y viajado y pensado y escrito. He tenido una relación sexual con el mundo, el coito especial que se da entre escritores y lectores. Por encima de todo, he sido un ser sensible, un animal de pensar, en este hermoso planeta, y vivir ha sido un enorme privilegio y una aventura”.