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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 05 de octubre de 2021

Cuando todo era más ágil

Las diligencias eran más ágiles antes, cuando la tecnología no había llegado para hacerlas más ágiles. En el mundo al revés de ahora es un milagro encontrarse con un ser humano que resuelva dudas y oriente, cada vez que las máquinas fallan.

El orden suele ser así: primero se cae la línea o es imposible acceder a la dirección electrónica requerida. A continuación, el usuario marca el teléfono de la entidad en cuestión y sin falta le responde una máquina. Esta le pone música, le dispara una sarta de publicidad que elogia lo rápido y bueno que es eso mientras el individuo comprueba lo contrario.

Es preciso recorrer una serie de pasos marcando cada vez un número indicado por la grabación: la cédula, la confirmación de que uno digitó con acierto, el motivo de la llamada, si prefiere esperar a un funcionario que lo sacará del apuro.

Si no se corta la llamada, aparecerá al otro lado una voz, esa sí humana, que en buena parte de los casos hablará de fallas en los sistemas, congestión de usuarios y necesidad de acudir en persona a las oficinas, donde le arreglarán el entuerto.

Se llega al flamante edificio de la entidad gubernamental o de la empresa privada concernida. Y comienza el viacrucis presencial. Inicialmente hay que franquear la mirada de un guardia que manda más que el gerente. Este lo envía a una ventanilla donde le entregan un papelito de visitante autorizado, con el número del piso reglamentario. Hay fila para el ascensor.

Las flechitas suben al piso ocho y bajan al tercer sótano, atravesando orondas el nivel donde una tropilla desesperada aguarda. Arriba, en otra ventanilla, una señorita verifica si uno es uno y si va adonde va. La sala de espera es confortable y en las paredes parpadean letras y números indescifrables que tienen que vigilarse, no sea que se pierda el turno.

En la última etapa atiende una funcionaria con tapaboca, visera de plástico y vidrio del cubículo. Todo conspira contra la claridad de sus palabras. Parece enamorada de su computador, pues tras cada pregunta se sumerge en las teclas en busca de una información que debería saber de memoria.

A estas alturas, uno ya no espera ayuda. Quiere fugarse de ese encierro. Reniega de tan lustrosa tecnología y concluye que todo era más ágil, antes de las máquinas hechas para que todo sea más ágil 

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