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Francisco Cortés Rodas
Columnista

Francisco Cortés Rodas

Publicado el 27 de octubre de 2020

Culpa y responsabilidad

El filósofo alemán Karl Jaspers publicó en 1946 un libro llamado, El problema de la culpa, en el que planteó la cuestión de la responsabilidad de los alemanes frente a los crímenes cometidos por el Nacionalsocialismo. Jaspers propone un amplio espectro de responsabilidades, que va más allá de la responsabilidad jurídica, la cual fue la única usada en los juicios de Núremberg para juzgar a los altos dirigentes nazis. Para señalar los límites de esta justicia impuesta por los aliados a Alemania, Jaspers muestra que una sociedad que sale de una guerra, requiere, para superar su pasado violento, diferenciar entre culpa criminal, política, moral y metafísica.

La culpa criminal es la que se atribuye a una persona o grupo que haya cometido crímenes, a la que corresponde un castigo. Si un individuo apoya el sometimiento de la sociedad a un dictador o a un grupo terrorista, incurre en la culpa política; es por tanto responsable y debe reparar. La culpa moral se refiere a cómo se comportó cada cual ante la política criminal: si miró a otro lado, si se la jugó por las víctimas, si se escudó en la obediencia debida.

De esto se deduce que hay, entonces, delito y culpa, y que tenemos responsabilidad legal y moral. La culpa es algo subjetivo y llegar a sentirse culpable es la necesaria culminación de un proceso que necesita su tiempo y de la existencia de circunstancias favorables. Para la culpa legal importa el cumplimiento de la pena; para la culpa moral importa la liberación del peso que representa, y la posibilidad del cambio interior del sujeto.

La culpa es algo en la conciencia moral que no se puede borrar con el castigo, que le sobrevive, y es intersubjetiva. “Si el delito se las tiene que ver con la ley, la culpa se ventila entre la víctima y el verdugo, entre el autor del daño y el dañado” (Reyes Mate, 2013). Raskolnikov reconoce en Crimen y castigo (Dostoievski), que mató para demostrarse su superioridad sobre la víctima. Pero no lo consigue. La culpa lleva al criminal a supeditarse a la víctima al revelársele que su vida está bajo el dominio del crimen que cometió.

Puede decirse entonces que el criminal al cometer el crimen y privar al otro de su vida genera un cambio en su vida propia. El criminal pensaba hacerse con una vida ajena, pero descubre que se ha quitado la propia vida y en la vida que le queda siente la pérdida del otro como una carencia propia. Por eso anhela esa vida perdida, la desea. “Sólo al final reconocerá que a quien mató realmente es al otro y que esa muerte le ha acarreado todos sus infortunios. Ese daño al otro es lo que hará entender al criminal que su acción no fue un acto grandioso ni un acto heroico ni la defensa de un ideal, ni un acto de liberación, sino un acto culpable” (Reyes-Mate, 2013). Entender esto es algo que no pueden eludir las Farc.

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