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Aldo Civico
Columnista

Aldo Civico

Publicado el 27 de marzo de 2021

Cultura de la legalidad

Ya era tarde en la noche y la mayoría de los funcionarios se habían ido finalmente. Estábamos solamente el alcalde antimafia de Palermo Leoluca Orlando y yo en su oficina, en el segundo piso del Palacio de Las Águilas, en el centro histórico de la ciudad. El alcalde tenía un cigarro en la boca y estaba poniendo algunos documentos en su maletín para llevárselos a la casa, un apartamento sobrio en un condominio de diez pisos, donde iba a dormir solo unas horas antes de regresar a la oficina. “La cultura de la legalidad, empezó a decirme Orlando, no es persuadir a los ciudadanos para que sigan la ley. En cambio, se trata de que la legalidad se vuelva conveniente para los ciudadanos”.

La frase es simple y profunda al mismo tiempo. La ineficiencia del Estado para responder a la necesidad de los ciudadanos había creado la creencia, profundamente arraigada, que el Estado no estaba del lado del ciudadano y que solo servía a los intereses de una casta. De esta circunstancia se había aprovechado la Mafia, que había transformado perversamente los derechos de los ciudadanos en favores y privilegios otorgados por el poder mafioso a cambio de lealtad, dinero, consenso electoral. Entonces, un título de estudio, un trabajo, la licencia para abrir una empresa, un contrato con la administración pública era posible sólo a través de los contactos con mafiosos; los políticos, muchas veces, se habían transformado en los mediadores de estos favores. A cambio de un voto, el político mafioso te daba un contrato, un trabajo, empleaba a los amigos de los amigos. En Italia esta práctica la hemos llamado el intercambio de voto. “La corrupción, me dijo aquella noche Orlando, es el caballo de Troya a través del cual la mafia entra en la política y en la economía de una ciudad y de un país”. Es decir, la ilegalidad era lo conveniente si te querías graduar, tener empleo, abrir una empresa.

Por eso durante mucho tiempo no hubo democracia en Palermo, porque no había libertad de mercado, ni libres elecciones. La democracia sólo era formal. El cambio necesitaba una cultura y práctica política disruptiva para que la legalidad se convirtiera en algo conveniente. Solo así, me decía Orlando, los hábitos de las personas cambiarían; Es más natural tener comportamientos legales cuando es más conveniente seguir la ley que pedir favores a un mafioso. Por eso, para transformar a Palermo, el principio del mérito tuvo que sustituir al principio de la pertenencia, y la transparencia a los acuerdos y los pactos en las sombras. La política de negocio y fuente de enriquecimiento tenía que volver a ser servicio y cuidado del bien común. Gracias a esta nueva orientación a la política vi una ciudad cambiar profundamente.

Es cuando la política vuelve a ocuparse de la cosa pública que se pueden enfrentar los males que se apoderan de una sociedad, como el crimen, la pobreza, el desempleo. La política, y por ende la legalidad, se vuelve conveniente cuando una intención de servicio inspira las prácticas de quienes la ejercen. Ojalá esta intención vuelva pronto a Medellín

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