Tantos paradigmas en entredicho por estos días dan para pensar en una gran paradoja que estamos viviendo: mientras en muchos asuntos el hombre se niega a salir mentalmente de las cavernas, casa de los primeros humanos, en otros experimentamos un deseo, realizado ya a veces, de volver a la vida cavernaria.
Aunque la cultura científica es milenaria, los avances de los últimos siglos han modificado infinidad de paradigmas.
De las ideas sobre la Tierra y su lugar en el universo, que costó muchas vidas cobradas por los poseedores del poder que a lo largo de la historia se han aferrado al status quo como base de su dominio absoluto, hasta los modernos logros en medicina, genética y el desarrollo de tecnologías pensadas imposibles.
Gracias al conocimiento y su divulgación, y porque la sociedad no es un ente inanimado sino mutante, a cada instante se ve como verdad lo que antes no lo era.
Y por eso se cuestionan normas y creencias, desde la religión a lo mágico y las conductas sociales e individuales.
Pero el pensamiento se resiste al entendimiento de nuestra relación con el universo, con nuestro entorno inmediato, con nuestros semejantes. Y no es sencillo abandonar la comodidad en la que cimentamos nuestra vida.
Los tiempos no se detienen. La convulsión social crece. Nuevas formas de familia, homosexualismo, medio ambiente, animales, religión, discriminación. Derechos y deberes. Todo. Y surgen evidencias aportadas por el conocimiento y generan resistencia, queriéndose mantener el nivel que tenían nuestros ancestros en sus cavernas. Cavernícolas por ese desconocimiento del funcionamiento del universo en los albores de la especie.
Tenemos, de otro lado, indicios de que la vida de las cavernas, significando una vida sencilla, nos ayudaría a salir del atolladero en que nos hallamos por los sistemas económicos impuestos, la dependencia extrema de combustibles fósiles, la depredación descanso de los recursos naturales que ahora sabemos no son eternos (otro paradigma) y el consumismo desbocado.
Usar la bicicleta, andar a pie, recuperar lo devastado, gastar menos en cosas inútiles son ideas que avanzan. Algo no cuadra. Tenemos una sensación de vacío, un sinsabor: algo no estamos haciendo bien y lo sabemos.
De cavernas y cavernícolas, lucha contra las evidencias, temor al cambio. Una batalla de siglos en la que la educación y la información irán inclinando la balanza.