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Juan David Escobar Valencia
Columnista

Juan David Escobar Valencia

Publicado el 15 de abril de 2019

¿De los pecados de la carne qué culpa tienen las vacas?

Sin el caballo la historia humana sería muy distinta, pero nuestra deuda con las vacas no es menor. De no ser por los cuadrúpedos carnudos a los que les hemos metido el diente hace 2.5 millones de años, los humanos no lo seríamos tanto, tendríamos el cerebro tan pequeño como el de los homínidos, un estómago más grande que llenar y pasaríamos la mayor parte del tiempo buscando proteínas, lo que hubiese impedido la diversificación de las actividades humanas y el desarrollo de la cerámica, la metalurgia, las artes y hasta la filosofía. Aristóteles con el “platón” vacío y sin carnita de vez en cuando, hubiera tenido que dedicarse exclusivamente a buscar alpiste como cualquier avecilla del campo, dejando a los búhos, que no piensan mucho pero ponen mucho cuidado, las tareas de la contemplación reflexiva.

Nuestra relación con la carne ha sido tan profunda que hasta las religiones se ocupan de ella, pero de maneras diferentes. Los cristianos la prohíben en Semana Santa, aunque simbólicamente comen el cuerpo de su dios encarnado en la comunión. Los hindúes se resignan babeantes a ver de lejos los filetes andantes de las vacas, los shiks llegan al extremo de considerarlas divinas, y los argentinos, que algunos se adoran a sí mismos, han convertido a la carne casi en su religión.

Pero ahora todo está cambiando y las inocentes vacas, gracias al gusto que tenemos de ellas, parecen haberse convertido en la amenaza existencial del hombre y su planeta. Supuestamente los subproductos gaseosos de su proceso digestivo, que encuentran salida tanto por el norte como por el sur de las mismas, son los responsables del 14.5% de los gases de efecto invernadero y se les acusa de que su carne emita 7 veces más de dichos gases por unidad de proteína que el pollo y el cerdo, y 20 veces más que los guisantes y las lentejas.

Ahora el hato de enemigos de las vacas es tan gigante como variado. Los médicos dicen que las carnes rojas dañan y acortan la vida. Los ambientalistas nutren parte de sus consignas con los inocentes vacunos, y los vegetarianos, esa gente desalmada que se ha empeñado con obsesiva sevicia en acabar con el reino vegetal, creen que las vacas son el mismísimo demonio con cachos y cola.

El que odie la carne es que no ha comido carne waygu, un pedazo de cielo que se derrite en la boca. Está bien que debamos ser mesurados con la carne roja y deba cambiarse la producción de la misma, pero la idea de “no más vacas” es una carnicería conceptual. Una hamburguesa vegetariana es una experiencia tan frustrante e insípida como debe ser besar a un maniquí.

Pequen poco y coman carne con mesura porque para qué vivir más años si, como dice la canción “Vamos a gozar” de la Orquesta Narváez: “de la vida nadie sale vivo”.

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