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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 19 de enero de 2022

De pandemia a psicodemia

Primero fue la epidemia, luego la pandemia, ahora estamos en psicodemia. La ómicron es una variante más contagiosa, aunque menos letal y complicada, que la delta. Lo que no se ha dicho es que esa cepa está resultando más peligrosa para la mente.

Los esfuerzos de confinamiento, aseo, distanciamiento, vacunación y corte de la sociabilidad llevaron a extremos esmeros de disciplina individual y colectiva. Al final del 2021 estos cuidados originaron un respiro general. Se venció la peste mortal. El público quedó golpeado por las muertes sin honras y sudoroso como después de una batalla vencida.

Cuando la gente bajó la guardia, se reunió a celebrar y respiró con satisfacción, ¡cataplum!, dejó ver su hocico la ómicron. Su llegada tomó por sorpresa a la humanidad extenuada. Nadie estaba preparado para este segundo embate. Por el contrario, muchos se felicitaban por su rigor de obediencia y caras tapadas.

El covid “suave” careció de credibilidad, pues lo peor había pasado y las vacunas habían traído blindaje extendido. Pero los medios de comunicación y las autoridades reemprendieron la propagación del miedo. ¿Si la población se sentía invencible físicamente, en qué otro flanco podría atacar ómicron?

Sencillo: en el más descuidado, el psíquico. Si bien los casos de contagio se elevaron por miles, las Ucis no colapsaron. Fue evidente que el daño de la nueva ponzoña no sería sobre el cuerpo, sino sobre la mente de los habitantes. Desde el 2021 se habían multiplicado la depresión, la ansiedad, la sicosis, las perturbaciones del sueño, los suicidios.

Con el nuevo año, las redes sociales y los celulares tronaron con parientes, amigos, conocidos sospechosos de coronavirus, aunque los síntomas fueran de gripa leve. El rumor cundió: “todos vamos a contagiarnos, nadie se librará”. Esta rendición originó desbandada. Estamos frente a la banalización de la vida.

Bajo esta atmósfera, la población titubea. Los encuentros sociales se hacen a tumbos. Los más precavidos multiplican por tres los tapabocas, uno sobre otro. Las escasas clínicas mentales repletan sus camas, no hay sicólogos ni siquiatras suficientes. El flanco espiritual del organismo nunca se ha tomado en serio, cada familia desespera porque no sirve de nada ir a urgencias y los especialistas solo atienden en pantallas. La psicodemia campea 

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