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Columnista

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Publicado el 16 de enero de 2021

De París a Glasgow: ¡deprisa, deprisa!

Por J. Julián Cubero Calvo

El Informe sobre la Brecha de Emisiones 2020, del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, estima que las emisiones de gases de efecto invernadero crecieron en 2019 por tercer año consecutivo hasta los 59,1 miles de millones de toneladas equivalentes de dióxido de carbono. En 2020, consecuencia de la pandemia, las emisiones habrían caído entre el 2 % y el 12 % respecto a 2019, pero eso no es una buena noticia. Además de por el motivo y de que se trata de un ajuste transitorio, porque mientras haya emisiones subirá la concentración de carbono en la atmósfera, lo que determina el aumento de temperatura.

Frenar el calentamiento global requiere primero de una reducción sostenida de las emisiones hasta alcanzar el cero neto, descontando el carbono que se acumula en sumideros, de modo natural o con tecnología por desarrollar a gran escala. Y seguimos lejos de lograrlo: no se cierra la brecha entre las emisiones que razonablemente permitirían lograr el objetivo de París (que el aumento de temperatura sobre niveles preindustriales sea inferior a dos grados y se acerque a 1,5 grados) y las que resultan de los compromisos vigentes. Según Naciones Unidas, la brecha del año 2030 sería de 12.000 millones de toneladas de dióxido de carbono, un 20 % de lo emitido a la atmósfera en 2019, incluso asumiendo que los compromisos actuales, y aún pendientes de implementar legalmente, se ejecuten. En este escenario, lo más probable sería un aumento de temperatura de 3,2 grados, lo que elevaría la frecuencia y la severidad de eventos catastróficos (sequías, inundaciones, tormentas tropicales, incendios forestales que aumentan las emisiones y eliminan sumideros naturales), además del paulatino aumento del nivel del mar o del deshielo en los polos hasta hacerlo irreversible.

Es cierto que los anuncios de compromisos de emisiones netas cero para mediados de siglo incorporan ya a 126 países, el 51 % de las emisiones totales; 127 y 63 % respectivamente si finalmente EE.UU. se suma también. Pero esos compromisos han de acompañarse de políticas que aceleren la transformación en marcha en el modo en el que el mundo genera energía, se mueve, produce, financia, invierte y consume, lo que no siempre sucede. No se puede desperdiciar la oportunidad de la COP26 de Glasgow, en noviembre de 2021, en la que habría que avanzar en dos aspectos: incrementar la ambición de París con nuevos objetivos quinquenales de emisiones y, sobre todo, aplicar políticas consistentes con esa mayor exigencia. Políticas concretas, creíbles, predecibles para un horizonte de largo plazo .

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