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Publicado el 21 de enero de 2019

DE VANIDADES Y SOBERBIAS

*Ignacio Morgado Bernal

El sello distintivo de la vanidad es la preocupación por lo que los demás piensen y digan de nosotros. La persona vanidosa tiene un alto concepto de sí misma, desea parecer inteligente y muestra un afán excesivo de protagonismo y admiración. Los vanidosos son personas enamoradas de su propia imagen y preocupadas por la manera en que se muestran a los demás. Son frecuentemente ambiciosos, camaleónicos, adictos al trabajo y excesivamente competitivos. En situaciones sociales el vanidoso suele hablar mucho y escuchar poco, salvo a sí mismo. Le gusta que le pregunten por lo suyo, pero no suele preguntar o interesarse por lo de los demás.

En el caso de los científicos y los intelectuales la vanidad tiene formas propias. El intelectual vanidoso suele estar más preocupado por la retórica de su escrito y por causar en la audiencia una impresión de inteligencia y sabiduría que porque el mensaje que transmite llegue a su destino y sea entendido.

El científico vanidoso suele reconocerse inmediatamente, pues en sus manifestaciones priman los nombres y el índice de impacto de las revistas donde publica o los premios y reconocimientos recibidos, quedando muchas veces en segundo plano la semántica, es decir, los contenidos y la relevancia científica o social del trabajo realizado. Un aspecto crucial que promueve la vanidad de los científicos es el de la primacía en los hallazgos, el “yo lo vi primero” o “la idea fue mía”. El capitalizar un logro tiene muchísimo que ver con la vanidad humana, incluso en ciencia, que es donde menos debería tenerlo porque lo que pone el descubridor casi siempre es la guinda, en el sentido de que la mayoría de los hallazgos de un científico están basados en un cuerpo básico de conocimiento fruto del trabajo de muchos otros que le han precedido secularmente.

Ocurre entre escritores de ficción, cineastas, actores, periodistas o profesionales diversos en los que el rabillo del ojo siempre está pendiente de lo que puedan hacer los de al lado o incluso los de más allá, por si acaso. La vanidad de todos ellos se expresa también en las veces que entran cada día en sus cuentas de Twitter, Facebook o Instagram para ver si ha aumentado el número de sus seguidores o si ya superan a sus competidores inmediatos en las cifras o halagos recibidos. Cuando ven subir el número de seguidores, se hinchan como el pavo real. Pavoneo es un sustantivo que gana adeptos

Uno de los principales peligros que tiene la vanidad es evolucionar hacia la egolatría y la soberbia. Las personas ególatras suelen ser arrogantes y prepotentes, necesitan ser continuamente el centro de atención y de todas las miradas y para ello recurren a veces a manifestar opiniones nuevas o hipótesis e ideas disparatadas, provocadoras, contrarias al sentido común o alejadas de lo políticamente correcto.

El paso ulterior a la egolatría, y el más deleznable, siempre derivado de la vanidad, es la soberbia. Más allá de su arrogancia, las personas soberbias critican con frecuencia y sin piedad y pueden humillar en público a otras personas, pues carecen de empatía. También buscan acatamiento y sumisión de los demás, por lo que difícilmente se relacionan con quienes no estén dispuestos a rendirles pleitesía.

Vivir continua o frecuentemente preocupados por la impresión que damos a los demás es algo que compromete seriamente la salud y el bienestar de las personas. Es penoso que nuestro estado de ánimo y bienestar emocional estén en manos de lo que piensen o digan los demás de nosotros. La vanidad nos hace vivir en un mundo alejado de la realidad. Si uno quiere combatir la vanidad y sus males derivados hay que conquistar la propia confianza y, sobre todo, aceptar más lo que somos en lugar de lo que nos gustaría ser.

* Catedrático de Psicobiología y director del Instituto de Neurociencia de la Universidad Autónoma de Barcelona.

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