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Debate razonado, no discusión de hinchas

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Por Andrés Acosta Gaviria

hgaviriaa@gmail.com

En la teoría filosófica, una falacia ad hominem se presenta como un razonamiento caracterizado por centrar las pretensiones argumentativas en el desprestigio del otro, en lugar de la introducción de elementos que permitan defender la postura elegida. Esta definición cobra especial sentido, sobre todo ahora, en la que podría considerarse una de las situaciones coyunturales más complejas en los últimos años de la política nacional: la orden de detención emitida por la Corte Suprema de Justicia en contra del expresidente Álvaro Uribe Vélez.

A escasos días de que él mismo expusiera su situación a la opinión pública, basta con pasearse por los diarios del país, las redes sociales o las declaraciones de los diversos actores de la política nacional, para percatarse de que la estrategia asumida reposa en el mismo principio. Por un lado, los seguidores del acusado centran sus esfuerzos en realizar una descalificación sistemática de la Corte, y de los magistrados que hacen parte de esta. Tal maniobra, lejos de ser nueva, ha venido practicándose desde hace varios años por Uribe, sus allegados, miembros del partido de gobierno y periodistas afines a sus causas. Se ha llegado a un extremo, incluso, de proponer una constituyente que reforme la estructura judicial entera, a manera de cambiar las reglas del juego cuando el horizonte no se divisa favorable.

Sin embargo, el panorama del otro lado no es tan diferente como se esperaría. Los detractores del investigado, en lugar de asumir los argumentos jurídicos como su bandera discursiva, se han dejado someter a un debate impulsivo, centrado en el significado político de su captura y desviando la atención de los graves hechos que se discuten en la corte. Las horas de audios, las imágenes, las declaraciones y demás pruebas que componen este caso, pasaron a un segundo plano y lo que queda en medio es, en detrimento del sistema judicial, el valor político del caso, de cara a una reforma constitucional y, además, a las elecciones del 2022.

Siendo así, no podemos dejar que este debate sea llevado al terreno de las pasiones, como si se tratara de una discusión entre hinchas de distintos equipos que defienden, respectivamente, al equipo de su preferencia por la camiseta y la bandera que representan, pero obviando situaciones objetivas, lo que resulta en una conversación estéril, que no otorga luces a la situación que se presenta realmente.

Debate sí, pero no así.

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