Pensemos en dos de las más comunes fuentes de desafecto ciudadano hacia nuestros representantes: la corrupción y el desacuerdo. Alguno puede tener una impresión demasiado negativa y caer en el error de percepción que genera la corrupción descubierta o el desacuerdo propio del antagonismo democrático. La corrupción es siempre intolerable, y la incapacidad para gener}}ar acuerdos está en el origen de muchas torpezas colectivas, pero deberíamos reconocer que nuestro malestar con la política corresponde a una nostalgia por la comodidad en que se vive, donde lo malo no es sabido y se reprimen los desacuerdos.
Otra fuente de decepción tiene que ver con nuestra incompetencia para resolver problemas y tomar las mejores decisiones. La política es una actividad que gira en torno a la negociación, el compromiso y la aceptación de lo que los economistas llaman “decisiones suboptimales”, que es el precio del poder compartido y la soberanía limitada. No sirve para la política quien no sepa gestionar el fracaso o el éxito parcial, porque el éxito absoluto no existe. La política es inseparable del compromiso, que es la capacidad de dar por bueno lo que no satisface del todo las propias aspiraciones.
Los pactos y las alianzas muestran que necesitamos de otros, que el poder es una realidad compartida. En el mundo real no hay iniciativa sin resistencia, acción sin réplica. Las aspiraciones máximas ceden ante las dificultades y las pretensiones de aquellos con quienes hay que jugar la partida.
Lo que hacen los políticos es demasiado conocido y poco entendido. La sociedad comprende poco las complejidades de la vida pública. Esto es el elemento de objetividad que nos permite agudizar nuestras críticas.
Recordarlo en medio de esa desafección política, cuando están saliendo a la luz múltiples casos de corrupción y la política se muestra incompetente para resolver nuestros problemas, puede parecer una provocación.
Ante tantas propuestas de regeneración democrática, analicemos el contexto en el que se produce nuestra decepción política para que podamos valorarla en su justa medida. Deberíamos apuntar hacia un horizonte normativo que nos permita ser críticos sin abandonarnos a lo ilusorio, que amplíe lo posible frente a los administradores del realismo, pero que tampoco olvide las limitaciones de nuestra condición política.
*Centro de Colaboraciones Solidarias.