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Luis Fernando Álvarez
Columnista

Luis Fernando Álvarez

Publicado el 11 de noviembre de 2021

DEL ATRIL COMO SÍMBOLO DE PODER

La calle 40, cerca del segundo parque de Laureles, situada en un punto equidistante entre San Joaquín y Santa Teresita, por cuestiones de la organización georreligiosa de la Arquidiócesis de Medellín, constituye desde antaño territorio correspondiente a la Parroquia de San Joaquín. En los años 60 era un lugar al que acudían los jóvenes del vecindario de aquel entonces, quienes aprovechaban la tranquilidad de sus zonas para jugar intensos y extensos “picados” (partidos) de futbol.

Solo dos eventos podían interrumpir el preciado evento: (i) Que algún vecino, temeroso de los daños que podían ocasionarse con el balón, hubiese llamado la policía, y entonces aparecía la “bola” (camioneta gris y verde) con dos o tres policías con la autoridad suficiente para “confiscar” el balón, lo cual lograban muy pocas veces, pues con agilidad pasmosa, una vez aparecía el lento y ruidoso vehículo, los jóvenes corrían en distintas direcciones, al punto que, salvo el dueño del balón, los demás no sabían qué rumbo había tomado tan preciado objeto; (ii) El otro evento que podía paralizar el partido se presentaba cuando de súbito aparecía el padre González, el “bravo” y “serio”, pero, a su vez, diligente y piadoso párroco de San Joaquín. El Padre llevaba la hostia y el cáliz, símbolos del cuerpo y sangre de Cristo, dignamente protegidos entre sus estolas; siempre acompañado por dos acólitos: uno, con la campanilla que resonaba permanentemente al paso del sacerdote; y otro, que en ocasiones llevaba una especie de reclinatorio muy parecido a un atril. El partido se suspendía, mientras el padre González pasaba por la calle, en dirección hacia la casa de algún enfermo, con el propósito de llevarle el Santísimo. Los espontáneos futbolistas no sólo interrumpían el partido, sino que se arrodillaban como signo de temor y respeto ante el poder “sanador” del Padre. Sólo después de un largo tiempo se enteraron de que los vecinos se arrodillaban, no por los símbolos de poder del sacerdote, sino por veneración al Santísimo Sacramento de la Comunión.

Recordando aquellos hermosos y remotos acontecimientos, se me ocurre pensar sobre las razones que tuvo el Alcalde de la ciudad para transportar y aparecer al frente (o detrás) de un atril el día en que acudió presuroso para comunicar a la ciudadanía el éxito absoluto (que parece no haber sido tan absoluto) de la operación que terminó con el frustrado (que, parece, no fue tan frustrado) atraco a un centro de acopio y fundición de oro.

Dice el diccionario Océano de Sinónimos: Atril = soporte, sostén, faldistorio (éste último: engreído, pedante, según el diccionario de la Real Academia), es decir, no se trató de un simple mueble, sino de un símbolo de poder, de imposición. Su utilización en momentos críticos significa querer mostrarse como único, superior, poseedor de la verdad. El poder del padre González se derivaba del Cuerpo y la Sangre de Cristo. El poder del Alcalde lo quiso derivar de la apariencia representada en el atril 

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