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Francisco Cortés Rodas
Columnista

Francisco Cortés Rodas

Publicado el 27 de julio de 2021

Democracia deliberativa para un mundo civilizado

La concepción deliberativa de la democracia presupone la interacción comunicativa entre ciudadanos considerados libres e iguales. John Stuart Mill habló de un “gobierno por discusión”. Un ejemplo de gobierno sin discusión o no-deliberativo es el del presidente Duque. Cuando instaló la nueva legislatura, el mandatario -de quien se puede decir con Balzac, “que es uno de esos hombres que han venido al mundo para hacer bulto”- tras dar su discurso, abandonó el Congreso sin escuchar las réplicas de los partidos de oposición. Actuó estratégicamente pensando solamente en los intereses electorales de su partido.

En una sociedad que se construya siguiendo los ideales deliberativos nunca se designarían presidentes de Senado y Cámara a personas cuyos parientes en primer grado de consanguinidad cometieron graves crímenes. No basta el derecho. Kant piensa que la disposición para actuar respetando el derecho sólo se consigue “potenciando el móvil moral” a través de la educación, la civilización de las costumbres, el refinamiento de las maneras y el trato. La fotito de la parlamentaria pistola en mano nos revela cuál es su mundo.

La idea deliberativa de la democracia presupone que la gente debe ser civilizada en su comportamiento: eso significa educada, tolerante y, sobre todo, no violenta. Cívica y civil. Los derechos civiles deben tomarse en serio. La concepción deliberativa de la democracia presupone el concepto de una esfera pública y discursos públicos. La función de esos elementos se despliega diferenciando dos papeles: la persona deliberativa como persona jurídica obedece la ley y como ciudadano actúa participando en los procesos democráticos para elegir a los representantes de los diferentes cuerpos legislativos y presionando, en y desde la esfera pública, para proponer nuevas leyes, cambiar las vigentes o derogar las inservibles.

Según Habermas, la esfera pública comprende varios espacios de comunicación superpuestos en los que diferentes grupos, asociaciones, movimientos sociales, intentan hacerse oír sobre todos los temas posibles. En este sentido, los ciudadanos en una democracia deliberativa participan en un espacio público, que no es una plaza pública, ni la Revista Semana, sino un espacio social de trato comunicativo y razonable con los demás. Los debates en la esfera pública son una condición necesaria para los procesos legislativos, son previos a estos, y solamente cuando se producen estos debates se puede decir que surgen legítimamente las leyes. En el proceso de la política deliberativa lo decisivo es que se den las condiciones sociales y culturales para una participación de los ciudadanos, que sea activa, incluyente y sin restricciones. Con esto debe quedar clara la diferencia con el modelo representativo y con el embeleco del “estado de opinión”, que filosóficamente es menos que la nada.

La democracia deliberativa es políticamente más exigente. Demanda al ciudadano el desarrollo de formas complejas de argumentación sobre todos los temas y problemas políticos. Una persona deliberativa debe poder participar en argumentaciones en las que se plantean y critican las afirmaciones basándose en razones y se defienden con razones en contra. Pero sin idealizar, pues la esfera pública puede ser también ideológica y distorsionadora

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