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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 24 de noviembre de 2021

Desazón de país preelectoral

Un país preelectoral es una incertidumbre sin cara. Los candidatos suelen esparcir la sustancia que lleva al pánico a la gente. Mientras más nubes negras se eleven, es para ellos más fácil lograr sus dividendos. Por eso las vísperas de elecciones suelen ir acompañadas de desazón.

Si la campaña por el poder comienza mucho antes del día de votaciones, hay más tiempo para ese ignorar el rumbo de la vida. Las conversaciones se llenan de trompadas o de abulia sobre el porvenir. Demasiados meses consagrados a listas, avales, alianzas, escogencia del ungido llevan a que la gente se sature de contradicciones.

Parece que los políticos profesionales suplieran con sus discursos la pedagogía que no supieron hacer con paciencia. De ahí que las fórmulas finales resulten apoyadas más en la publicidad que en la convicción personal de quienes introducirán su papeleta el día señalado.

En esto se asemejan a los diversos énfasis de la medicina. De ordinario, los enfermos llegan al consultorio o a la clínica cuando el dolor o la tos no los dejan vivir. Buscan una ciencia curativa. Algunos precavidos asumen ciertas normas cotidianas de buena salud y entonces practican la medicina preventiva.

Hay otros, los menos, que acuden a facultativos no para que les receten pastillas, inyecciones y pruebas de laboratorio. Quieren más bien conocer las potencias escondidas de su organismo, para darles primacía. Estos se orientan hacia la medicina prospectiva. Intuyen que excelsos galenos podrían excitar en ellos el mejor prospecto, lo óptimo de sí mismos.

Un país preelectoral es una desazón si los aspirantes a conducir la cosa pública no han concebido un proyecto de país o no han conseguido transmitirlo como entusiasmo a los ciudadanos. Por eso ese país está huérfano de sustancia, carente de preparación en los asuntos que competen a las condiciones del bienestar general.

La política debería ser, menos la angustia puntual del día de elecciones y más la tarea permanente de formar conciencias sobre el deber universal de pensar en los demás como extensión del yo. “Soy porque somos”, enseñan los sudafricanos con su Ubuntu. Se sientan sobre la tierra, en círculo concéntrico y con los pies descalzos. Forman su política elemental y compleja

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