Desempolvar la biblioteca equivale a abrir un cofre de tesoros que nos permiten escapar a un refugio donde no habita el odio, ni el miedo, ni la angustia.
Destinar un rato, una tarde, un día entero, una semana, no sé, dependiendo del tamaño, para desempolvar y organizar la biblioteca es abrir una caja de sorpresas y de sentimientos que inevitablemente nos llevan al pasado. ¿Y para qué ir al pasado? Ah, pues para recordar, que a veces es tan bueno, que a veces duele, que a veces nos da risa, en fin, un bagaje que llevamos entre pecho y espalda y que ha forjado lo que hoy somos, para bien o para mal.
Porque no se trata de pasar el trapo seco por los lomos y volver a poner los libros donde estaban. Uno vuelve a hojear, a releer un pedacito, a sumergirse en una historia ya conocida, a sonreír ante ese viejo autor preferido que hizo de Celestina en el último noviazgo, que iba y venía, como un mensajero de versos de amor resaltados en amarillo fosforescente con anotaciones al margen de nuestro puño y letra para refrendarle el sentimiento a “la otra mitad del sol”. De esto han pasado más de treinta años, y contando.
Encontrar los cuadernos en los que el papá hacía las cuentas del café, ese arbusto bendito ante cuyos granos tostados y molidos caemos rendidos. Y, a vuelta de hoja, entre los pocos ingresos y los muchos egresos, varias de las cartas que escribió para los primeros nietos con un amor inconmensurable.
Un amor tan grande como el que tuvo mi madre por sus cuadernillos de poesía. Personajes como Francisco Luis Bernárdez, Eduardo Carranza, Juan Ramón Jiménez, Pablo Neruda, Gabriela Mistral y Rubén Darío fueron sus “amigos” inseparables de juventud. Ella, de estar viva, sería una viejita de noventa años. Ellos, en cambio, siguen aquí, amarillentos pero inmortales, conservados como un tesoro en un anaquel especial lleno de afectos.
Y hablando de anaqueles especiales, cómo ignorar el de los libros dedicados, algunos regalados, otros comprados, escritos por amigos que yo valoro como si fuera cada uno un premio Nobel. En él se destaca uno de verdad: El amor en los tiempos del cólera, firmado por el mismísimo Gabo, regalo de un amigo antes de morir, que pensó que estaría mejor en mis manos y que hoy es la joya de mi biblioteca, que se presume pero no se presta. Cof, cof...
Desempolvar la biblioteca equivale a abrir un cofre de tesoros: fotos viejas que alguna vez sirvieron de separador, una declaración de amor en un pedacito de papel que se deshace entre los dedos, ejemplares que costaron la exorbitante suma de seis pesos en su momento, libros a la espera de otra oportunidad y otros leídos varias veces. Libros benditos que, incluso cuando se toman para quitarles el polvo de encima, nos permiten escapar a un refugio donde no habita el odio, ni el miedo, ni la angustia. Un libro es un amigo siempre presente. El paraíso de Borges en un rincón de cualquier casa