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Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 01 de diciembre de 2020

Diego, Maradona y Diego Armando Maradona

Jorge Valdano decía que Maradona fue el resultado de una dualidad. “Diego”, el genio y “Maradona”, el demonio. Citaba a Fernando Signorini, quien fuera el preparador físico del astro argentino. Signorini solía decir: “Con Diego iría al fin del mundo, pero con Maradona ni a la esquina”.

De Diego el genio, recuerdo el Mundial México 86. Yo tenía ocho años y un álbum de Panini. Su maestría se tradujo, por ejemplo, en dos goles al belga Jean-Marie Pfaff, mi ídolo por aquel entonces. También en su gesta contra Inglaterra y en el pase profundo a Burruchaga en la final para el gol del título. Su zurda noble con el balón explicaba la estética del fútbol.

De Maradona, el humano vicioso, no hablemos. La imagen de sus últimos años es suficiente. Su incapacidad para hablar y caminar, los melodramas familiares, las drogas y el alcohol, las incoherencias políticas... con eso basta.

Más allá de esa dualidad Diego Armando Maradona -como un todo- fue una evocación geopolítica no buscada. Dos momentos épicos de su fútbol dan cuenta de eso.

Cuatro años antes del Mundial 86, Argentina sufrió la guerra de las Malvinas, pero dos goles maradonianos saldaron el honor gaucho. El primero fue un acto de emancipación. Puño arriba y gol. El otro fue la gesta de un lobo solitario que dejó soldados ingleses caídos en el campo de batalla. Si los ingleses pegaron con bombardeos, los argentinos lo hicieron con la mano de Maradona, la de Dios, la que le dio un espacio al lado de la Virgen de Luján y del Gauchito Gil.

Cuatro años después, en Italia 1990, el juego geopolítico regresó en el plano local. Maradona jugaba para el Nápoli y era todo para Nápoles, una ciudad pobre, como Villa Fiorito, su barrio bonaerense. Allí, a punta de títulos mostró la existencia del sur italiano.

Argentina e Italia jugaron la semifinal en el estadio San Paolo de Nápoles y Diego fue la excusa para que el sur de Italia le reclamara al opulento norte por el abandono histórico. Previo al partido, Maradona lanzó una afrenta. Gritó que el norte discriminaba a los napolitanos.

Los jugadores italianos dicen que eso los desestabilizó. Luego de un empate, en los tiros penales Maradona pateó el último y Argentina fue a la final. “Que quede clarito: A los italianos los dejé afuera yo”, aseguró, como si un napolitano hecho argentino hubiera cobrado esa deuda.

A este tipo lo superó su peso y no es una expresión literal. Su peso lo hizo perenne y la probabilidad de que se repita algo así en la humanidad es mínima. Hoy eso se traduce en un recuerdo que va de Diego el genio a Maradona el mundano, pero por encima, en la imagen de Diego Armando Maradona, el símbolo.

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