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Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 13 de mayo de 2022

Diez años sin Carlos

Vaya uno a saber por qué cree que los grandes escritores del boom, que convirtieron en la década del 60 a Latinoamérica en un mito, no se iban a morir nunca. Recuerdo muy bien que hace diez años yo estaba escarbando en una librería del centro de Bogotá cuando el librero, mi librero desde mucho antes de aquel entonces, me dijo con cierta nostalgia: “Diego, Carlos Fuentes acaba de morir”. Ambos nos miramos como si tuviéramos encima el peso de quien tendría que llamar a Silvia Lemus, la esposa de Fuentes, para darle el pésame. Luego, enumeramos con nostalgia los libros leídos del escritor mexicano, mientras tratábamos de comprender lo que implicaba esta muerte. En aquel entonces quedaban vivos solo Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Hoy solo sobrevive este último.

Como dijo José Donoso, otro integrante del boom que se murió cuando yo todavía no dimensionaba esta constelación de grandes escritores, “Carlos Fuentes, entre los novelistas del boom, es, sin duda, el que más se mueve, el que más congresos organiza, el que más cartas recibe y el que más proyectos inventa, proyectos destinados a irradiar su luz sobre gran parte de los escritores de su generación”. Él fue el primer agente activo y consciente de la internacionalización de la novela latinoamericana, fue un escritor generoso, no solo con aquellos escritores de su época, que tocaron el mundo completo con su literatura, sino también con aquellos jóvenes escritores latinoamericanos a los que, a sus 83 años, seguía leyendo con devoción y recomendaba feliz cada que le preguntaban los periodistas sobre cómo veía la literatura hoy.

Carlos Fuentes era un hombre tan generoso que alguna vez, cuando alguien le preguntó si dentro de tantos reconocimientos sentía que le faltaba el Nobel, respondió, sin dudar, que a él ya se lo habían dado, porque con García Márquez premiaron a su generación. Esto lo dijo antes de que le concedieran el premio a Vargas Llosa, con quien también se congratuló apenas supo la noticia.

Hace diez años, la muerte de Carlos Fuentes conmovió a México y a los lectores de todo el mundo. Hoy, no deja de parecerme curioso que su muerte haya ocurrido justo el Día del Maestro. Digamos que su muerte fue como un homenaje a estos personajes tan importantes dentro de una sociedad; al fin y al cabo, un buen maestro es esencial para entendernos mejor, así como la literatura de Fuentes es necesaria para seguir creyendo en algo.

El 15 de mayo, cuando se cumpla la primera década de su muerte, sacaré de mi biblioteca, una vez más, la pila de fantasmas y empezaré a reconstruir la vida de Carlos Fuentes. En solitario, le rendiré un homenaje a su monumento literario. Leer, siempre, para celebrar la vida, la larga vida de la novela latinoamericana 

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