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David Santos Gómez
Columnista

David Santos Gómez

Publicado el 02 de julio de 2019

Diplomacia de TV

Como un hombre esencialmente mediático, estrella de realitis y de escándalos de pasquines, Donald Trump ha manejado sus tres años de presidente bajo parámetros del espectáculo. Y uno de quinta. Colorido e insustancial. La política interna, a timonazos, y la externa a explosiones de rebeldía. Todo es público, incluso la diplomacia.

La geopolítica ha sentido a empellones su torpeza. Medio Oriente arde con un Israel abusivo y envalentonado; Irán vuelve a sus amenazas tras el fin de un acuerdo que tomó décadas establecer y que el republicano acabó con trinos; China estira la guerra comercial y desde Washington todo parece improvisación: las sanciones que se le impusieron ayer son borradas hoy, aunque nadie sabe si podrían reaparecer mañana.

Europa, aliada fundamental, no sabe cómo leer los insultos que le llegan de un mandatario desaforado que muestra los dientes y luego aplaude. Destroza la confianza entre amigos y pierde credibilidad entre los enemigos.

Pocas arremetidas diplomáticas, de sangre caliente, reflejan el delirio que vive la política exterior estadounidense como su acercamiento a Corea del Norte. Pyongyang no ha cedido en nada, pero Trump exhibe un extraño morbo por la potencia nuclear. Le ha concedido reuniones y guiños de ojo a un dictador sanguinario, en tierra de los asustados vecinos del sur, y ahora en la zona desmilitarizada. Con pocos preparativos y en un arranque que sorprendió al mismo Kim Jon-Un, el domingo pisó suelo norcoreano y se transformó en el primer presidente de EE. UU. en hacerlo.

Sin embargo, hay dudas de que lo que ocurrió el domingo trascienda el espectáculo vacuo. Las posiciones parecen inamovibles y el gesto de la frontera se asemeja más a una puesta en escena que a un trabajo sustentado en avances reales. Los progresos, desde que Trump inició su sorpresivo acercamiento con la monarquía comunista hace un año, son nulos. Corea del Norte ofrece desmantelar centros nucleares de forma paulatina y pide que le levanten las sanciones. EE. UU. exige la eliminación completa de los programas de armas no convencionales antes de ceder. Un punto muerto.

Pero Trump se siente satisfecho con lo logrado. Buscaba las sonrisas y el apretón de manos. Lo sustancial tiene poco peso. El siguiente paso es lograr lo mismo, pero en territorio estadounidense. Provoca llanto oírlo decir una torpeza escoltada por una mentira: “Voy a invitarle a la Casa Blanca”. “Todo el peligro ha desaparecido”.

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