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David E. Santos Gómez
Columnista

David E. Santos Gómez

Publicado el 03 de agosto de 2022

Doce meses de malabarismo

El 28 de julio Pedro Castillo cumplió un año como presidente de Perú. Doce meses que han sido un camino de suplicios para el país y para él mismo, que aún no logra acomodarse en un cargo que le ha quedado inmenso. Entre cambios ministeriales continuos, declaraciones incoherentes y varias acusaciones de corrupción, Castillo malgastó en este periodo todo su capital político. Su caída, anunciada y predicada ya tantas veces, parece pender siempre sobre su cabeza.

El sindicalista de un gremio de profesores ganó las elecciones el año pasado por un puñado de votos sobre Keiko Fujimori, hija de Alberto, y desde entonces cada día en el poder ha sido un suplicio. La propuesta de cambio que encarnaba naufragó rápidamente cuando la oposición, al oler la debilidad política del nuevo ejecutivo, se lanzó de pleno para buscar componendas y ofrecer alianzas, con la única promesa de no tumbarlo. Aún así, en el corto tramo del mandato, el presidente ya ha sufrido dos mociones de censura que, sin embargo, no han prosperado.

El daño de tantas concesiones fue palpable rápidamente. El ejecutivo se mueve de manera dificultosa entre redes clientelares que solo están atadas por los intereses de poder y de esta forma se hace complejo construir un proyecto gubernamental que pueda sacar adelante grandes iniciativas. Es así como cada estamento del gabinete tira para un lado diferente y los cargos se convierten en fichas que se mueven al ritmo de la necesidad política diaria. El discurso de renovación sobre el cual cabalgó Castillo en su campaña pasó rápidamente al cajón de los pendientes y lo que hoy se vive es un descontrol sin signo ideológico. Es insensato que algunos aún denominen al profesor como un presidente de izquierda.

A este ritmo delirante es muy probable que Perú repita con su actual mandatario la triste historia de las últimas décadas: tráfico de influencias, periodos sin terminar, elecciones adelantadas, investigaciones a los funcionarios públicos por malos manejos, fugas, detenciones y cárcel. O exilio. Los años más recientes del país vecino nos despliegan la narración de un buen grupo de expresidentes caídos en desgracia —imágenes de lo más despreciable de la función estatal— y es viable que Castillo, dentro o fuera del palacio presidencial, transite la misma senda.

La pregunta que sobrevuela el ambiente es cuánto más puede durar un mandatario sin más apoyos que los que ha comprado con la repartición de puestos del Estado. Con las investigaciones cerrando su cerco cada vez más cerca de Castillo, ya algunos antiguos funcionarios se han animado a contar sus secretos y a destapar ollas podridas. Si las pruebas del delito saltan, el viejo maestro estaría a poco de caer. Por mucho menos han salido otros antes que él y por mucho menos también, en estos cortos doce meses, la oposición ha planteado seriamente su salida. Castillo mira confundido cómo el poder lo atropella y Perú mantiene el aliento 

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