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Jorge Giraldo Ramírez
Columnista

Jorge Giraldo Ramírez

Publicado el 11 de noviembre de 2019

Dos en una

Que ellos crezcan: Todos los cristianos deben haber escuchado alguna vez el versículo 3:30 del evangelio de san Juan que dice: “Que él crezca y yo disminuya”. Ese enunciado de carácter sapiencial está emparentado con distintas tradiciones, la más notable de las cuales quizás sea el I Ching. Se corresponde con una concepción parabólica de la vida que contempla etapas de crecimiento, apogeo y declive, tan lejana de la idea que se instaló en el siglo de las luces de que el tiempo es lineal, ascendente, progresivo.

Sin embargo, el significado más directo tiene que ver con la relación entre dos generaciones que se mueven en el mismo plano vocacional. Juan El Bautista la pronunció para cederle el paso a Jesús. He creído que tiene aplicación más allá de esa especialización de los profetas. Tiene que ver con los dirigentes, los maestros, los padres.

En el ámbito educativo se ha extendido la idea de que la excelencia se prueba superando al maestro. Hay referencias clásicas en el taoísmo, Platón y Marcial. Se trata también de mostrar que el buen maestro logra que sus discípulos le aventajen, en un aspecto u otro. Que esa sea la consecuencia de un buen trabajo, depende de más factores que las solas virtudes del educador. El buen maestro organiza una disposición, pero los resultados suelen ser aleatorios. Por ello es tan desalentadora y censurable la conducta del maestro que recela de sus alumnos y se dedica a entorpecer su trabajo, su carrera, y a empañar sus logros.

Del mismo esperamos que los buenos dirigentes contribuyan a la formación de buenos sucesores. Cabe decir lo mismo de los padres. Es una propiedad de las sociedades jerárquicas que el caudillismo (social), el mandarinato (académico) y el paternalismo (familiar) obstaculicen la movilidad y la equidad.

Inseguridad: El caudillismo de Álvaro Uribe impidió que el Centro Democrático se dotara de un equipo de expertos en seguridad. El presidente Iván Duque no lo es y ni siquiera tuvo buen ojo para elegir a su ministro de Defensa. El buen dirigente tiene que saber quién sabe y si nombra por amiguismo más que por mérito, pues que se atenga a las consecuencias. El problema es que el que sufre es el país. Hoy, en materia de seguridad, muchas ciudades y regiones del país están peor que hace dos años —y ahí entran Antioquia y Medellín. El Centro Democrático le ha fallado al país, precisamente, en el campo que convirtió en bandera.

Parte del problema es que el país no cuenta con una caracterización de cuáles son los riesgos que afronta. Temas como la situación de fronteras, la migración ilegal, la amenaza cibernética, los carteles internacionales, el contrabando de oro, las redes internacionales de prostitución, las pandillas urbanas, la industria de los juegos de azar, requieren examen y actualización .

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