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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 13 de mayo de 2021

El arte de ascender

Ascensión es una palabra hermosa en sí misma y en su contenido. Ascensión viene de ascender, que es ir de un lugar a otro más alto. El ser vivo, el hombre en especial, está hecho para vivir ascendiendo en cuerpo y alma. De Jesús se dice que: “Iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres” (Lc 2, 52).

La vida cotidiana está llena de ascensos. Ascenso en el estudio, ascenso en el trabajo, ascenso en la economía, ascenso en la familia, ascenso en la empresa. Ascender es la máxima expresión de la grandeza humana. El hombre, desde su nacimiento, vive en un proceso de ascensión. Asciende en lo material y en lo espiritual, y su ascensión espiritual consiste en su relación de amor con Dios. El orante participa del misterio de la ascensión, pues la oración lo eleva a la condición divina.

Ascensión llamamos al último acontecimiento terreno de Jesús: “Y una nube lo ocultó a sus ojos”, dice Hechos (1,9), acontecimiento que los discípulos contemplaron con los ojos del corazón. El creyente dice: “Creo en Jesucristo... que murió, resucitó, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre”. Morir, resucitar, subir al cielo y sentarse a la derecha del Padre son modos diferentes de la Ascensión.

La Ascensión de Jesús no es un acontecimiento cósmico-geográfico; pertenece, más bien, a la navegación espacial del corazón, en que el amor realiza el milagro de pasar de lo humano a lo divino. Lucas termina su evangelio diciendo que Jesús “es llevado al cielo” mientras bendice a los apóstoles, quienes regresan a Jerusalén “con gran alegría”, algo muy comprensible, pues la ausencia espacial de Jesús pasa a ser su presencia divina, presencia que el creyente sigue disfrutando arrobado con los ojos del corazón.

En esta pandemia nada importa tanto al ser humano como interesarse en cultivar el ascenso de sí mismo. Para lo cual debe emprender la tarea de dedicarse tiempo cada día para ir descubriendo la grandeza de su ser, quién es, de dónde viene, qué camino recorre y adónde se encamina. El camino que recorre le irá mostrando cada día más el horizonte del infinito, la verdadera ascensión.

“Los caminos son dos, amor y ausencia de amor”, decía Confucio. Quien se interesa en recorrer el camino del amor vive ascendiendo, vive participando de la Ascensión de Jesús, el modelo de lo que todo hombre está llamado a ser. Vivir ascendiendo en el amor, la respuesta al enemigo invisible de la pandemia

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