Juan Pablo Cardona Q.
La Ascensión del Señor a los cielos significa el final de una etapa. Termina una historia de Jesús y comienza otra nueva. Jesús es el mismo, lo que cambia es su manera de estar con nosotros. Él se va, pero se queda activo en su Iglesia. Es muy importante pensar en esa verdad ahora, cuando se tienden a subrayar las faltas de la Iglesia, que la presencia de Cristo en ella como intermediario de la plenitud de sus dones.
El relato de las apariciones pascuales se cierra con el de la Ascensión. Es el momento en que reciben los apóstoles la misión universal de anunciar el Evangelio, y con el mandato del anuncio, la promesa de la presencia invisible y activa del resucitado. Para verlo es necesaria la fe. La Ascensión no es un hecho histórico constatable de un superhéroe que vuela por los aires, es objeto de fe. Evidentemente sube quien antes ha bajado. Así se muestra que Jesús bajó a este mundo y que ha ascendido al cielo como Cristo glorioso. El final continuo es la glorificación o la gloria que es experiencia de Dios y culminación de felicidad. Evidentemente, entre la bajada y la subida se desarrolla la acción de Jesús, que pretende implantar el reino. La Ascensión del Señor es complemento de la Resurrección. Al encarnarse Jesús descendió; justo es que al final de su vida ascienda. Pero también la Ascensión se relaciona con la parusía al final de los tiempos: es un preámbulo de su último retorno. Ha subido a prepararnos una morada.
Los discípulos, como hoy la Iglesia, debieron habituarse al nuevo género de vida y de la presencia de Jesús. Él es el “ausente presente”. Aparece y desaparece, no como quien llega y se va, sino como el que, estando siempre ahí, de repente se deja ver o les priva de su vista, al fin y al cabo él se deja ver de quien él quiere. De diversas formas y en distintas ocasiones, se les aparece y dialogó con ellos para que reconozcan la identidad del glorioso resucitado. Tenemos que acostumbrarnos a ver a Jesús en todo: en el disfraz del hortelano, en el peregrino que se hace compañero de viaje, en el desconocido a la orilla de la playa, en el que inspira temor de ser un fantasma... el que sigue presente en el hermano. Los Sacramentos son un signo de esa presencia activa, en medio de los hombres y a disposición de todos. Pentecostés nos mantendrá activos para reconocer a Jesús siempre.