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Publicado el 09 de agosto de 2021

El bien común

Por Jaime Duque mejía

No es aventurado decir que nuestros males provienen de no haber sabido comprender que la “unidad de territorio, de origen, de historia, de lengua y de cultura, nos debe inclinar a la comunidad de vida y hacer conscientes de que tenemos un destino común” (Pequeño Larousse).

Hemos permitido que intereses económicos, sociales y políticos nos dividan hasta el extremo de llegar al enfrentamiento y la violencia. Hemos dado la espalda a la construcción del bien común y hemos eludido los deberes que él nos impone.

José Luis González, en su libro Ética, dice que el bien común “es un valor que representa la vida de una sociedad. Se puede definir el bien común como el bienestar a que aspira una colectividad fruto de la armonía y mutua colaboración en el ejercicio de los derechos y deberes que permiten la realización a todos sus miembros. El bien común debe manifestarse como un estado de bienestar colectivo. La miseria, el hambre, la enfermedad, la destrucción no pueden ser signos de bien común: son males y no bienes”.

Es interesante anotar que “La Confederación Suiza tuvo su origen en el Pacto de Asistencia Recíproca para la Defensa y el Logro del Bien Común. Este acto se celebró el 1.º de agosto de 1291” (cita de Guillermo León Escobar en su libro Construyendo el Porvenir). Se supone que el objeto de nuestra Constitución es el bien común, pero ¿somos conscientes de ello? ¿Llegaremos algún día a hacer del bien común un ideal que sea aglutinante social y nos comprometa a trabajar por su realización?

El país se hundirá cada vez más en la corrupción y la violencia si quienes aún conservan respeto por la vida y la dignidad de la persona humana no reaccionan y se deciden a conseguir un cambio que conduzca al bien común. En la coyuntura que atraviesa Colombia nadie puede actuar esperando del gobierno todas las soluciones, pues la capacidad de este llega hasta donde la colaboración de los ciudadanos se lo permita. Solo unidos se logrará el bien común y esta unión debe hacerse a partir de la satisfacción de las necesidades más apremiantes de la población. No se trata de asistencialismo, que no produce ningún cambio, sino de crear medios de trabajo para proteger la dignidad de las personas y alcanzar un nivel de igualdad que sea base de un proceso sostenible.

El estado actual de las cosas no habla bien de los colombianos. Los indicadores de educación, empleo e igualdad nos colocan en una posición comparativamente desfavorable con relación a los países de la OCDE y no es por falta de inteligencia ni de capacidad, sino porque un equivocado concepto de la política nos ha llevado a enfrentarnos entre nosotros mismos. Colombia necesita una mirada nueva acerca de su futuro.

¿Ofrecen los partidos políticos una posibilidad eficaz de justicia, de desarrollo, de redención para las clases que sufren la opresión de las necesidades básicas? ¿Están vivas las fuerzas que hicieron la Independencia o fueron inmovilizadas por unas ideologías extrañas a nuestro espíritu, a nuestro ser auténtico? ¿Dónde está nuestro ser? ¿Sobre cuáles principios se fundamenta?

La situación que vivimos está anunciando el alumbramiento de una nueva cultura, del nacimiento de un nuevo hombre colombiano con aspiraciones diferentes a las de sus antepasados. Para Emmanuel Mounier, el hombre de hoy “vive una necesidad de compromiso, de solidez, de fecundidad, salida de las entrañas de la vocación humana: un irresistible instinto de presencia” (Manifiesto en favor del Personalismo).

Efectivamente, vivimos una Colombia nueva que exige una nueva ideología, una nueva educación (no solo instrucción), una nueva organización política que no promueva la división (partidos, clases sociales, iglesias), sino la unión y la solidaridad, que considere que todos los hombres son iguales por el don de la vida. Que sean las realidades naturales: la familia, el trabajo, el municipio, las que determinen la participación en la vida política y que esta tenga por fin el bien común y la tan anhelada paz

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