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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 30 de abril de 2021

El buen pastor

Los ojos de Jesús vivían en armonía con su corazón. Mateo (6,28-29) cuenta esta confidencia a sus discípulos: “Observen los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; pero les digo, que ni Salomón, en todo su esplendor, se vistió como uno de ellos”. Jesús llevaba en su inteligencia y en su corazón la memoria de los pastores fascinados con su nacimiento.

En un pueblo de pastores, Jesús se pasaba las horas contemplando la nobleza de su profesión, de modo que un día se identificó así: “Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas” (Juan 10,14-15). El conocimiento se fundamenta en el amor, como lo expresa Jesús: “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10,30). Conozco bien lo que amo. La unidad, fruto grandioso del amor, gran necesidad del hombre actual.

La parábola de la oveja perdida, selfie verbal de quien la cuenta, es de ternura infinita. El pastor va en busca de la oveja y cuando la encuentra, “se la pone sobre los hombros y, llegando a casa, convoca a los amigos y vecinos y les dice: ‘alégrense conmigo porque he hallado la oveja perdida’” (Lc 15,6). El corazón del buen Pastor vivía iluminado con la oración del salmo 138,8: “Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas”.

El buen trato que Jesús da a sus ovejas, manifiesta la bondad de su corazón, distinguida por tres rasgos: Conocer sus ovejas, llamarlas por su nombre y dar la vida por ellas. Jesús demuestra con su comportamiento la veracidad de sus afirmaciones, como aparece a través de todo el evangelio. “Nadie ama tanto como aquel que da la vida por sus amigos” (Juan 15,13). El amor es la única respuesta válida del hombre actual al enorme desafío de la pandemia.

Cuando Jesús se identifica como el buen pastor, demuestra una comprensión admirable de la política, entendida como el arte del bien común, dimensión esencial del ser humano. El verdadero político se desvive porque sus gobernados tengan educación, trabajo, vivienda, alimentación, vestido, salud, recreación y servicios públicos. Necesidad imperiosa del mundo actual en que el político niega con su comportamiento su profesión, poseído por la codicia y la corrupción.

Ante un enemigo invisible, afortunadísimo de poder atacar a la humanidad entera viéndola tan dividida por carencia de fraternidad, es el momento para tomar en serio la invitación del evangelista Juan (10,16): “y habrá un solo rebaño con un solo Pastor”

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