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David Yanovich
Columnista

David Yanovich

Publicado el 16 de noviembre de 2022

El cambio por el cambio

John Maynard Keynes, tal vez el economista más importante del siglo XX y uno de los intelectuales más fascinantes de los últimos 100 años, estaba casado con Lydia, una bailarina rusa de renombre. Viajó algunas veces a visitar a la familia de su esposa en San Petersburgo, en ese entonces Leningrado, durante los años 20 y 30 del siglo pasado. La revolución rusa estaba en pleno fervor.

Quienes hayan estudiado o leído las teorías de Keynes podrán decir, con absoluta seguridad, que no era un economista clásico, neoliberal, partidario del laissez faire, sino un socialista liberal. Su gran contradictor fue el austríaco Frederich Hayek, de quienes muchos dicen es el fundador - a lo menos en el andamiaje filosófico y conceptual - del neoliberalismo. Keynes, en cambio, fue acusado varias veces en Estados Unidos de plantar la semilla de un socialismo radical, más comunista. Sus posiciones intelectuales y el desarrollo de una nueva teoría económica lo expusieron a críticas de este estilo.

Por eso su comentario sobre el modelo ruso, el de la revolución, el del cambio, podría decirse que no viene de un férreo opositor. Reclamaba que los bolcheviques estaban más “enamorados de su experimento que de hacer que las cosas funcionaran bien”.

Se podría argumentar que el actual gobierno está en las mismas. Parecen estar más enamorados con el experimento del cambio que con sus consecuencias. Y hay varios experimentos en curso: la paz total, la reforma política, la transición energética, la reforma agraria, la reforma pensional, la reforma a la salud. Muchos se han moderado, han mutado para bien - o por lo menos eso han dicho - pero otros simplemente hacen caso omiso tanto de evidencias concretas como de voces calificadas, que han llamado la atención sobre las consecuencias potencialmente negativas de estos experimentos, si es que se adelantan como el gobierno está diseñándolos.

Y no es que experimentar esté mal, ni mucho menos. Hay muchas, muchas cosas que hay que cambiar. Pero el riesgo está en que las cosas queden peor que antes. En un país tan frágil como Colombia, esto puede implicar años de retroceso de unos avances que se han logrado con mucho esfuerzo durante décadas. Si eso sucede, lo menos que se esperaría es que estos experimentos habría que desecharlos o, a lo menos, cambiar de rumbo, y la verdad es que no se ha visto por lo pronto una gran apertura a la corrección. Si se cometen errores - y seguro se cometerán -, es muy probable que apelen a la arrogancia – la culpa es de otros que no nos dejaron implementar el experimento como queríamos, dirán en algunos casos - o al funcionamiento de “el sistema”. Ya el Presidente lo advirtió en Caloto, cuando dijo que el primer obstáculo de un gobierno es “su propio interior, sus normativas”. El fantasma del “enemigo interno”.

Solamente alguien que cree tener la verdad absoluta es capaz de insistir en caminos que se han probado que no funcionan, por lo menos no del todo. El absolutismo es incapaz de reconocer errores, de corregir el rumbo. El amor al experimento junto con el dogma, la creencia de la verdad revelada, el absolutismo, es una receta extremadamente riesgosa. Si hay que corregir el rumbo, ojalá las instituciones en el país sean capaces de hacerlo. De lo contrario, las consecuencias de los experimentos mal diseñados y ejecutados tardarán décadas en corregirse nuevamente.

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