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El País
Columnista

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Publicado el 24 de febrero de 2020

EL CORONAVIRUS Y LA DICTADURA

A los virus mortales y a la radiación –por poner dos ejemplos de agentes que amenazan la vida de las personas– las cuestiones políticas no les importan mucho. Pueden ser igual de letales en una democracia, en una dictadura o en una guerra civil de resultado incierto. Retorciendo un poco el argumento podríamos decir que encarnan el ideal máximo de igualdad, pero, claro, este es un concepto que ni les atañe. En cambio para quienes sufren los efectos de ambos, sí que resulta muy importante el contexto político en los que actúan ambos y no solo por cómo es su vida hasta el momento en que resultan infectados o afectados, sino por todo lo que viene inmediatamente después, tanto a nivel individual como respecto a lo que sucede en la sociedad en la que viven.

Se están realizando comparaciones entre la catástrofe de Chernobyl y lo que sucede estos días en China. Con bastante razón se podría argumentar que es como comparar piedras con plantas. Pero hay un punto común e importante: la actitud de las autoridades ante lo que se veía como una amenaza no para la vida humana sino para el sistema político.

Las democracias se pueden permitir el lujo de ser bastante ineficaces en muchas cosas y de recibir una lluvia de críticas constantes de sus ciudadanos porque estos, en el fondo, son conscientes de que es mejor una mala democracia que una buena dictadura. Es verdad que tal vez esto esté cambiando y eso debería alarmarnos más que el coronavirus mismo. Pero los sistemas dictatoriales no solo no pueden permitir la crítica sino que deben proyectar una imagen constante de progreso imparable. La propaganda de Corea del Norte, por ejemplo, cuenta que en Estados Unidos la gente muere de hambre y vive miserablemente. Y claro que hay estadounidenses que llevan una vida miserable, como en cualquier democracia occidental, pero se trata de un aspecto muy limitado de una realidad muchísimo más amplia.

Para una dictadura cualquier circunstancia que vaya contra el discurso del triunfo permanente es peligrosa per se. Es lógico, porque va contra la misma autojustificación de un régimen que priva a sus ciudadanos de un derecho fundamental –elegir cómo quiere ser gobernado y por quién– con el argumento de que lo hace por el bien de todos y, especialmente, de que los resultados avalan este planteamiento. A las dictaduras les duelen las piernas de subir al podio a ponerse la medalla de oro. ¿Qué se hace entonces con quienes se oponen a este discurso? Se les persigue y se les silencia. China tiene sobrados ejemplos de ello. Pero ¿y si no es una persona sino una circunstancia? Si se puede, se oculta. Con un poco de suerte hasta mucho tiempo después. Si no es así, el máximo tiempo posible.

Y eso es lo que ha sucedido en China –y probablemente sigue sucediendo– con el asunto del coronavirus. El virus es peligroso –quienes entienden determinarán cuánto– pero la desinformación, el ocultamiento, la persecución y la mentira flagrante no lo son menos. Y gran parte de la alarma que se ha generado –y ojalá no tengamos que ver cosas peores– se deben más a esto que a la infección en sí misma.

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