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Juan José García Posada
Columnista

Juan José García Posada

Publicado el 05 de julio de 2021

El diálogo imposible

A punta de insultos, descalificaciones y “una total inopia en los cerebros”, como señalaba León de Greiff, el diálogo es recurso y estrategia imposible. Si uno de los dos presuntos dialogantes no acredita condiciones mínimas para el intercambio respetuoso de ideas o propuestas y tiene por costumbre agredir al contradictor, aspirar a que al menos se pongan de acuerdo en la apertura de un entorno soportable por la disposición al desarme de los espíritus es una demostración de buenismo, de ingenuismo estéril. Lo mínimo debería ser no ahondar en los desacuerdos, así no se logren soluciones convenientes.

¿Qué pasa con tantos diálogos engañosos, armados de afán y entre opuestos que, sean los dos o sea uno solo de ellos, exhiben una pobreza lamentable de argumentos y disfrazan la incapacidad dialéctica mediante un arsenal de injurias y agresiones y un extenso catálogo de denuestos? Lo que ha sucedido, en este y en otros países, a lo largo de la historia: Vencidas la racionalidad y hasta la decencia, al final se impone el más fuerte y el más poderoso por su capacidad de intimidación verbal, su audacia y su picardía para ganarle a un rival débil, estulto y regalón, dispuesto a obsequiar toda clase de ventajas con tal de mejorar en las encuestas o en los ránquines de popularidad, así traicione a muchísimos ciudadanos. Las paces que se alcancen así están construídas en grandes mentiras contrarias a la voluntad general.

Y si además uno de los contradictores apela también a la violencia física, al uso de instrumentos del terrorismo, al daño a ciudades enteras por la insensatez de bloquearlas, al aprovechamiento inmoral de las circunstancias calamitosas en la salud pública, tal como ha pasado en esta dura temporada de pandemia, apenas es obvio que el diálogo sea una falacia. Es un imposible teórico y práctico si no hay interlocución válida, confiable, de buena fe y buena voluntad y de aproximación bien intencionada entre los opuestos.

El profesor Jürgen Habermas elaboró la Teoría de la Acción Comunicativa, como estrategia civilizada para la solución de los conflictos. Otros pensadores construyeron la ética mínima o discursiva. Por ejemplo, la filósofa Adela Cortina y su ética de la razón cordial, o el teólogo Hans Küng y la ética universal. Requisito ineludible para que pueda aplicarse es la validez de la interlocución y, por supuesto, de los interlocutores. Es ilusorio pretender que fructifique, siquiera que empiece, un diálogo en el cual no hay confianza recíproca. Y esto ha valido para todos los casos en que no puede aceptarse el diálogo con terroristas, con encapuchados, con sujetos armados, con individuos que tienen por oficio insultar, todos aquellos que, sin necesidad de redundar en ejemplos, padezcan aquella “total inopia en los cerebros”

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