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Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 19 de octubre de 2021

El dueño del balón

¿Qué tal si nos acordamos de ese personaje repulsivo del colegio?: El dueño del balón.

El dueño del balón, además de restregar la propiedad de la pelota, cargaba un halo único de arrogancia. ¿Puedo jugar? Preguntaban... La respuesta llegaba siempre por parte de alguien con resignación: “Hable con el dueño del balón... él manda”.

Cualquier cosa podía esperarse. Desde un “Usted no juega” hasta el sentimiento de impotencia y pordebajismo al estar sometido al yugo arrogante del personaje en cuestión, solo por el hecho de que es el dueño del balón. De ahí en adelante, el “yo mando” era una condición particular que el personaje disfrutaba como miel. Las ganas de ser y hacer algo en el juego quedaban al garete de esta persona enfundada de poder, que imponía sus propias reglas.

Chocante, claro. Muy chocante.

Los habitantes de Medellín hoy estamos sometidos a una demostración constante de arbitrariedades por parte de algunos a los que les gusta el juego sucio, liderados por una persona que se creyó el cuento de ser el dueño del balón.

En su momento, y para tristeza de todos, no nos percatamos de sus intenciones, que se resumen en quitar del juego un balón que ha sido de todos y que ha servido a la ciudad durante años para demostrar que aquí el jogo bonito es posible, porque se hace con respeto, transparencia, sin patadas, puños, ni codazos, y mucho menos al amaño de las cosas.

Con ese balón —que es de todos, repito— Medellín ha salido adelante.

Pero dejamos que el juego siguiera con el balón de color muy oscuro. Un balón que aún no sabemos de dónde viene y quiénes lo prestaron. Lo cierto es que detrás hay tipos que seguro querrán cobrar el favor, que exigen dominar y llevar a grados de sumisión a quienes se opongan a ese estilo de juego.

Entonces, sin escrúpulos, estos personajes se dieron a la tarea de imponer sus propias reglas, que no son más que un sórdido intrincado de intenciones escandalosas, grotescas y quién sabe qué más, haciendo la parodia del “aquí mando yo”, soportada con falacias y distracciones, donde el único argumento es echarles la culpa a todos los que juegan de verdad por la ciudad. Sí, toca decirlo, estamos pagando las consecuencias de eso.

Toca corregir. Este no es un territorio para dueños de balones. De hecho, no los ha tenido y no hay espacio para los que se creen ese cuento, como hoy lo vivimos. Medellín lo que necesita es el apoyo de su gente para desenmascarar por completo a quienes se creen los dueños del balón, esos que con patadas y codazos, odio y división, tratan de imponer las reglas que seguir. Un juego troglodita y nada racional.

Quizás esas personas, y especialmente el que las manda, no se han percatado de que en cualquier momento —esperemos que sea rápido— el balón se les va a chuzar. Ahí podremos retomar el juego limpio, como debe ser, como lo merece Medellín 

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