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Beatriz de Majo
Columnista

Beatriz de Majo

Publicado el 24 de febrero de 2021

El enfrentamiento

Avanza la presidencia de Joe Biden y en su tablero de dificultades hay una buena cantidad de sitios en el mundo que acapara la atención de la Casa Blanca. China es solo uno de ellos, pero la conjunción de una dinámica interna progresista ejercida sobre 1400 millones de ciudadanos y una presencia internacional avasallante, son elementos que nítidamente pueden modificar, a favor de otro, el equilibrio de poderes que Washington tradicionalmente ha deseado que impere en el planeta.

Hace menos de un mes Xi Jinping se inauguró en la escena internacional en el Foro de Davos con una lapidaria frase que aseguraba que “el mundo no volverá a ser como antes”, haciéndole honor al lema que quisieron imponer los organizadores del encuentro que lo titulaban de “El Gran Reinicio”. El mandatario chino a inicios de este año ubicaba a su país como uno de los grandes artífices del cambio, sin que le faltara razón, ya que lo cierto es que China ha sido única entre todas las grandes naciones, en exhibir crecimiento positivo en el gran año del colapso mundial.

Ya lo decía un comentarista de las redes al afirmar que “el Partido Comunista Chino, al día de hoy, es la organización más poderosa del planeta, ha logrado fusionar lo mejor de ambos mundos, crecimiento y generación de riqueza capitalista y control férreo de la economía y la sociedad por parte del gobierno, lo que ha convertido a China en una máquina imparable de crear riqueza, empleo y desarrollo tecnológico”. Ya para fines de febrero las diferencias en el comportamiento de las dos potencias, Estados Unidos y China, se desarrolla dentro de un ambiente global de enfrentamiento tanto en el espectro económico al igual que en el político.

Xi, con sus 8 años al frente de la potencia de Asia, se vanagloria de haber anudado una relación proactiva y de influencia con 15 países de Asia con los que ha firmado el mayor acuerdo comercial del mundo. Con Europa ha acordado un pacto de inversión sin precedentes, mantiene una penetración incisiva en el Continente africano y se ha vuelto clave para los países latinoamericanos en los que sus inversiones en infraestructura fortalecen a los gobiernos locales. Ni hablar de la dominación tecnológica y del ciberespacio en la que sus empresas son, sin duda, sólidos bastiones universales.

Joe Biden, de su lado, se ha inaugurado con el peso de un enfrentamiento con China como herencia de su predecesor, un juego en el que China pareciera estar llevando la delantera. Según devela un artículo del Wall Street Journal, China superó a los Estados Unidos el año pasado como principal destino mundial de inversión extranjera directa. Y la UNCTAD acaba de publicar cifras que muestran cómo las inversiones directas de los extranjeros en los Estados Unidos se descalabraron 49 % en el año de la pandemia, mientras que las de China se expandieron un 4 %.

China es, sin duda, una amenaza. Si los Estados Unidos no pueden superar a los asiáticos, la vía idónea para detener sus ansias supremacistas debe ser la de hacer causa común con sus aliados naturales o con los que estén dispuestos. Una confrontación, aunque serviría para aglutinar a los estadounidenses, estaría muy llena de escollos y de dificultades.

Algunos políticos norteamericanos rayan en la desesperación frente a la agresividad china, pero lo que se impone es un frío juego de estrategias realistas y sin arrogancias dentro de las cuales es preciso estar claro cuánto está Washington dispuesto a dejar en el camino

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