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Juan David Escobar Valencia
Columnista

Juan David Escobar Valencia

Publicado el 08 de agosto de 2022

El envase retornable y el reciclaje humano

Hace unas semanas la revista científica Nature publicó un artículo sobre un experimento exitoso en el que varios órganos de cerdos restablecieron algunas de sus funciones, aunque los cerdos habían muerto una hora antes. Este avance en la conservación de tejidos resulta interesante al no apelar al tradicional congelamiento, que tanto daño provoca a las células, pero también traería algunos retos.

Si el reciclaje tiene un espectro de aplicación más amplio que la separación de basuras, al reutilizamiento de órganos y tejidos humanos, que tantas vidas ha salvado a pesar de las limitaciones técnicas y logísticas, se le abre un camino promisorio. Hace poco me enteré de la pérdida de un “corazón” en un aeropuerto de EE. UU., y no me refiero al de las parejas que, a la entrada de migración, se prometen lacrimógena e ilusamente que seguirán juntos a pesar de la distancia.

La idea del reciclaje de partes humanas no es nueva, pues desde la Edad Media en Europa ya existía una “medicina del cadáver” que, aunque no muy publicitada, practicaban algunos “profesionales” de la época: cual mecánicos de automóviles, aprovechaban partes usadas de otros que no pudieron ser curados. El reencauche de partes humanas se justificaba con una supuesta asociación de los tejidos, propiamente materiales, con el alma, por definición, inmaterial, pero que habitaba en ellos para darles vida. Por eso se recetaba el consumo de “extracto de momia”, preferiblemente egipcia, pues sus habilidades para embalsamar la carne supuestamente habrían permitido que ella retuviera parte de las fuerzas espirituales del difunto. También por eso pensaban que el cráneo de un estrangulado conservaba hasta por siete años los “espíritus de la cabeza”, lo que sería una solución para algunos miembros de la clase política dominante que respiran porque ven a otros hacerlo. O qué tal la idea de que si el fallecido había tenido una muerte cruel y violenta, sus tejidos serían una medicina de “marca”, y no un genérico de potencia reducida, porque el miedo debía haber provocado que los espíritus que habitaban los órganos principales se trasladasen a la carne, dándole una potencia adicional al tejido. Por eso algunos consideraban que la ingesta de sangre humana, no en forma de morcilla, sino todavía caliente y de cadáver convulsionando, era un excelente remedio contra la epilepsia.

Ahora entiendo por qué hay estúpidos que pagan hasta 320 dólares por una taza de sopa de pene de tigre, no precisamente porque esperan que al de ellos le salgan rayas, sino porque aspiran a que se les convierta en el implacable “depredador” de la comarca.

Si esto prospera, salvará y mejorará muchas vidas, pero habrá que controlar el deseo de muchos idiotas por ostentar “repuestos importados”. Me imagino la demanda de libidinosos Frankenstein modernos por ciertas partes de la “zona tórrida” de nativos masculinos de África con supuestas capacidades telescópicas, quienes al excitarse se vararán por sangre o se irán de cabeza al cambiarles su centro de gravedad 

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