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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 19 de febrero de 2021

El Evangelio

Jesús comenzó su vida pública con esta invitación: “‘El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviértanse y crean en el Evangelio’” (Mc 1,15). Para nosotros el evangelio es un libro. En realidad el Evangelio es una persona, Jesús de Nazaret, Dios hecho hombre, y el libro se llama evangelio porque habla del Evangelio.

Los evangelistas, reporteros magistrales, dan tales noticias de Jesús, que dejan absorto al lector por el nuevo contenido de sus palabras. Cuando Jesús comienza su vida pública invitando a convertirse y creer en el evangelio, le está diciendo a cada uno que siempre tiene compañía, y que debe cultivarse para darse cuenta de que él, Jesús, es el origen, el camino y la meta del camino.

En el evangelio aparecen personajes que viven del presentimiento de Jesús. En sus grandes enfermedades y dolencias, lejos de ser víctimas del derrotismo, alimentan una confianza sin límites, fruto de una sutilísima sensibilidad de que alguien los puede sanar al instante. Un leproso, un paralítico, un endemoniado, una hemorroísa, un centurión, una sirofenicia, por nombrar algunos.

Al hablar del evangelio, Nicodemo, magistrado judío, resulta de una simpatía extraordinaria. Va a visitar a Jesús “en la noche” con este saludo: “Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar los signos que tú realizas si Dios no está con él” (Jn 3,2). La noche, momento propicio para conocer el corazón de oro de quien saluda con tanta reverencia y admiración.

Jesús entabla con Nicodemo un diálogo inolvidable. Cada frase de Jesús es una revelación arrobadora para Nicodemo. Mas llega un momento en que Jesús le hace a Nicodemo esta confidencia: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único, no para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. En ese momento Nicodemo se sintió llevado por ángeles de la tierra al cielo.

Estos personajes nos dieron lecciones maravillosas. Una, fueron muy conscientes de su miseria y limitación. Otra, no se hundieron en el pesimismo, la quejumbre y la amargura, sino que supieron sobreponerse alimentando una esperanza invencible. Y otra, tuvieron la dichosa ventura de encontrarse con Jesús, que descubrió el tesoro de su vida.

Usemos nuestra inteligencia para hacer del mundo fantasmal en que nos tiene sumergidos la pandemia la oportunidad para descubrir y cultivar con solicitud la buena noticia, el evangelio que cada uno es, a semejanza de Jesús, llenando de contenido lo que escribió un iluminado: “De cualquier parte que sople el viento, el viento que sopla es el mejor”

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