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Aldo Civico
Columnista

Aldo Civico

Publicado el 07 de agosto de 2021

El hombre más rápido del mundo

De niño, en el jardín de su casa en Desenzano del Garda, en el norte de Italia, Marcell Jacobs corría con ganas imitando con su voz el ruido de una motocicleta. “Scooter, ¿a dónde corres?”, le preguntaba el abuelo, riéndose de su nieto. De hecho, todos en la familia tenían una pasión profunda por la motocicleta, pero la mamá de Marcel siempre se la negó por miedo. Así, el pequeño Marcell se conformaba con imaginarse montando una motocicleta. Quizás fue esta prohibición de su madre lo que contribuyó a que Jacobs se convirtiera durante estas olimpiadas en el hombre más rápido del mundo. De hecho, esta semana ganó la medalla de oro en la carrera de los cien metros.

A pesar de que nació en Texas, Marcell Jacobs es un italiano veraz. El papá del futuro campeón, un militar estadounidense, conoció a su mamá en la base americana de Vicenza, en el norte de Italia. Eran muy jóvenes, se enamoraron y se fueron a vivir a El Paso. A los pocos meses de haber nacido su hijo, el papá fue trasladado a Corea del Sur y la mamá regresó a su pueblo de origen. Desde entonces, Marcell no volvió a ver a su papá y cultivó hacia él un rencor profundo. Cuando en la primaria la maestra le pedía dibujar a su familia, él solo representaba a su mamá. “Durante años he construido un muro. Y cuando mi papá trató de contactarme, no me importó”, cuenta hoy Jacobs.

Cuando ganó la medalla de oro, uno de los agradecimientos más sentidos del campeón fue para su coach de mentalidad, Nicoletta Romanazzi. “Con ella accedí a trabajar en profundidad sobre mis miedos y mis fantasmas”, cuenta. Fue durante una de las sesiones que emergió la rabia profunda de Jacobs contra su papá. “No fue fácil: hay una parte íntima que no queremos mostrarnos ni a nosotros mismos. Pero aprendo rápido”, dice. Marcell Jacobs empezó a comunicarse con el papá, cambiando poco a poco su perspectiva. De sentir un odio profundo, empezó a reconocer que había heredado de su papá afroamericano un físico extraordinario, unos músculos poderosos, la velocidad. Reconoció que lo había juzgado sin, en realidad, saber nada de él. Empezó a dejar de quejarse y de culpar a todo el mundo cuando los resultados no eran los esperados y a entender que los logros son los resultados del trabajo, el compromiso y la disciplina. “Volver a comunicarme con mi padre, aun si no todo está resuelto, me desbloqueó”, dice Marcell Jacobs. “El poder de la energía que se mueve cuando derribas un muro es increíble”. Esta energía que Marcell Jacobs ha liberado lo llevó progresivamente a ganar un oro europeo, dos récords italianos y ahora la medalla de oro olímpica.

A nosotros Marcell Jacobs nos deja una lección importante: que los bloqueos y traumas emocionales que recopilamos en el transcurso de la vida no tienen que volverse necesariamente muros que nos limiten. Por el contrario, se pueden volver oportunidades para nuevos niveles de libertad, de resiliencia y, por ende, de rendimiento

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