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Óscar Domínguez
Columnista

Óscar Domínguez

Publicado el 17 de diciembre de 2020

El hostigante ocaso de los besos

La pandemia convirtió el beso en un periódico de ayer. Pasó al cuarto de San Alejo. El beso de carne y babas es un anacronismo, algo matusalénico. Cuando despertamos, el beso ya no está ahí, copiándose del dinosaurio del cuento de Monterroso.

En sus mejores días, fue un sonoro piropo en la mejilla. Una condecoración de un sol en el cachete. Si le metemos erotismo al asunto, muchas veces fue la cuota inicial de un romance que terminó en bebé, previo paso por el altar y el tálamo nupcial.

Había bocas y mejillas de mujer en las que provocaba quedarse a vivir a perpetuidad. En el pandémico mundo digital, hay que besar con las ganas. Imposiciones del distanciamiento social.

Ya no es posible fantasear: “¿Quien te pudiera besar dijiste enemigos?”. Ese glorioso intercambio de babas nos puede llevar a la UCI, una sigla que es toda una película de Hitchcock.

Son tan escasos los que circulan que nos contentaríamos aunque fuera con uno de Judas. ¡Cómo será “la abundancia de escasez” que sueña uno con tener el apellido –no con la plata, porque así nos ahorramos líos- de Jeff Bezos el dueño de Amazon!

Muchas babas se han quedado con ganas de reencarnar en ósculo, desabrido sinónimo del ceremonial que nos ocupa. Ya que no “habemus” besos se añoran los que se dan “al espacio, al lado de la mejilla, que ella no devuelve, ¿o sí?”, como en la canción de Blades.

María Antonia, la ventera que tenía “una tienda de besos al otro lado del río”, quebraría en 2020. Este año que se vaya aunque le vaya bien. Sale por líchigo con una patada en el sur de las vacas cuando van para el norte.

En estos tiempos se quedaría sin oficio María Eugenia, la niña que vendía besos por la ventana a sus amiguitos a los que les encimaba esta certeza: Si quieres saber si tu novio te ama, míralo a los ojos pues de allí saldrán letreritos que dicen te quiero.

Los labios en tiempos de covid-19 sufren amnesia parcial de besos. ¿Pandemia, no es hora de que te retires a tus habitaciones de invierno para volver a ese amable ritual que nos distingue de un policía acostado? Estamos jartos de depender del codo o de los puños para saludar o despedirnos de nuestro primer anillo de afectos. La venia al estilo japonés es otro recurso que puede utilizarse para variar.

¿Qué puede esperarse de un mundo que se ha quedado sin besos y sin abrazos? El último que salga que apague la luz.

No hace mucho mandé pa’l carajo los protocolos y le chanté su menco de pico “donde dijiste enemigos” a Gloria, mi mujer, que empezó a marcar con el siete adelante. Le adicioné este bíblico piropo: Te quiero, pero solo setenta veces siete

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