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David E. Santos Gómez
Columnista

David E. Santos Gómez

Publicado el 25 de enero de 2023

El increíble ascenso de un embustero

Hay un político mentiroso. Dirán ustedes que no es nada nuevo, que ese sustantivo y ese adjetivo van juntos por derecho. Y tienen mucha razón si dejamos por fuera un campo, muy pequeño, para meter en él las excepciones de hombres y mujeres que son servidores públicos con todas las letras. Desafortunadamente la historia que traigo hoy no es el caso. Es la de un político estadounidense, legislador novato y embustero de no creer. Un mentiroso patológico.

Se llama George Santos y fue escogido representante por Nueva York el pasado noviembre enarbolando las ya cuestionadas banderas republicanas. Nació en Queens, de padres brasileños, y vendió entre sus votantes la patraña de un sueño americano que nunca existió, acomodando su vida con retazos de mentiras fáciles de refutar. No fue a la escuela que dijo ni a las universidades que aparecían en su hoja de vida. No trabajó en el lugar del que dio referencias, ni tenía las propiedades de las cuales alardeaba, ni sufrió los robos con los que buscó solidaridad. Pregonó que era judío y luego, al verse descubierto por investigaciones periodísticas, se echó para atrás. Mintió incluso sobre las medallas atléticas que exhibía con orgullo de torneos en los que ni siquiera participó. Y la tapa: juraba que su mamá había muerto por los atentados del 11 de septiembre de 2001 pero rápidamente se descubrió que ella vivió hasta el 2016.

¿Cómo es posible que este personaje -en cuya caracterización además de las mentiras listadas hay acusaciones de corrupción y fraude en Brasil- haya sido electo? ¿Por qué el partido al que pertenece no lo sanciona? Son incógnitas de la política estadounidense contemporánea, agrietada y radicalizada.

Santos dice que sus mentiras las usó para embellecer un poco su hoja de vida y, sonriente y altanero, se posesionó hace un par de semanas. Mirando para otro lado los líderes legislativos le asignaron dos asientos en la Cámara. Uno en el Comité de Ciencia, Espacio y Tecnología y otro en el de Pequeñas Empresas. Ante las presiones él dice que no renunciará y, con la excepción de unos cuantos conservadores indignados, el republicanismo lo arropa.

Todo este proceso, patético y deshonesto, nos entrega una postal del nivel de discusión y gobernanza de la primera potencia del mundo. El caos en el que ha caído la democracia estadounidense no deja de sorprender, para mal, con pozos de podredumbre que se superan uno tras otro. Es, en parte, la herencia del trumpismo cuyo líder, histriónico y petulante, logró invertir los valores para enseñar como exitoso su camino de mañas, componendas e insultos. En este punto, con tanta agua sucia corrida bajo el puente, que apareciera un personaje como George Santos no extraña. Lo que no deja de asombrarnos, sin embargo, es que la sociedad radicalizada lo perdone primero y luego lo aplauda, con tal de no ver a la otra esquina gobernar. Eso pasa allá y Colombia camina un sendero similar. .

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