Fernando Velásquez Velásquez
Columnista

Fernando Velásquez Velásquez

Publicado el 01 de abril de 2019

EL JARDÍN DE LOS DESATINOS

Desde que el pasado gobierno desconoció el voto negativo de la mayoría expresado en el plebiscito por la paz del dos de octubre de 2016, pese a su diseño acomodado y arbitrario, todo se ha vuelto insólito. Por eso, ya no parece extraño que al actual presidente de la República –quien hizo un juicioso escrito de objeciones parciales al proyecto de ley estatutaria de la JEP, en parte fundado en el Derecho internacional, que entendemos han debido ser totales por ausencia de una auténtica normativa sobre las reglas de procedimiento y prueba– se le cuestione por ejercer el derecho constitucional a objetar. Y, además, que entre quienes lo hacen aparezca el Procurador General de la Nación con su coaccionadora misiva del quince de febrero.

Por supuesto, también es inaudito que el presidente de la Cámara de Representantes, al cumplir un mandato político de su jefe partidario, pretenda tornar a la Corte Constitucional en órgano consultivo del poder legislativo, con su misiva del doce de marzo. Y tampoco deja de ser sorprendente que un magistrado, encargado de confeccionar una ponencia para debatir la extraña solicitud del dignatario, permita que ella “se filtre” a los medios de comunicación masiva –¡el periódico El Tiempo, por ejemplo, la resumió!– y no pase nada, porque nadie controla la feroz dictadura mediática; y, todavía más alarmante es lo que ese escrito proponía (no obstante, la Corte lo negó e hizo publicar mensajes en las redes que así lo expresaban pero luego fueron borrados, según denunció El Espectador el 21 de marzo).

Pero no terminan allí las ampulosas piezas de arqueología jurídica producidas, dignas de figurar en cualquier museo de los horrores a nombre de la Paz y del Derecho o en la “Historia de la Estupidez Humana” de Paul Tabori, porque a ellas se suma el exótico auto expedido por la Corte Constitucional el 20 de marzo. En él, de forma “unánime” (no obstante, a un magistrado se le acepta su impedimento y otro, el intocable Lizarazo, no debió estar conforme), ese organismo decidió aplazar el ejercicio de su “control de constitucionalidad” para dentro de unas semanas.

Por ello, señaló: “...si como consecuencia del trámite de las objeciones gubernamentales el proyecto de ley tuviere modificaciones, adiciones o supresiones, incluso el archivo total o parcial, deberá ser sometido a control de constitucionalidad previo, automático y único, tanto por su contenido material como por vicios de procedimiento en su formación, antes de su sanción y promulgación por el presidente de la República”. Así las cosas, la revisión, será automática, pero ya no “previa” ni “única”, pues se tornará en posterior y plural.

Se desdibujan, entonces, todas las fronteras entre las tres ramas del poder y, como para que no quede ninguna duda, la deshecha Corte Constitucional decide que ella es “el órgano de cierre” y, en consecuencia, se adjudica competencias que nadie le otorga y pretende maniatar al propio presidente de la República porque ella podría, incluso, ordenar la sanción y la promulgación del esperpéntico proyecto por el que tantas lágrimas de cocodrilo se derraman. Con tal proceder, el paso siguiente de quienes así viven la cosa pública es apenas previsible: a poco más, esos magistrados dejarán sus deslucidas togas y se trasladarán a despachar a su sede natural que, ahora, entienden, es la Casa de Nariño; son los signos de los nuevos tiempos y todos, al unísono, de forma solidaria, deberíamos proferir nuevas y vistosas arengas para defender el agónico, martirizado y politizado tránsito hacia la paz.

Pero en medio de ello, ese contaminado discurso (incluidas las polarizantes vallas demagógicas: “¿Tú, ¿de qué lado estás?”), deja una gran lección: es urgente emprender un verdadero proceso de pacificación del país y su dirigencia seria está obligada a convocar a todos a un diálogo civilizado, que potencie las transformaciones sociales y políticas requeridas; si ella no lo hace, la sociedad civil tendrá que movilizarse.

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